El megáfono amplifica la voz de una mujer que reza estridente para que Dios les conceda el triunfo. Es una cruzada contra los infieles. Elon Musk, Tommy Robinson y Reform apoyan la reacción contra los “bárbaros” que vienen para despojar a los oriundos de sus hogares y de sus mujeres. Varios hoteles y casas de usos múltiples utilizadas para alojar inmigrantes han sido atacadas y varias quemadas.
En Belfast cualquier mecha enciende una conflagración. Alguien que entabló contacto con la mirada. Otro de regreso de su trabajo que alguien decidió no debía tener. Alguien vive en una casa donde algunos creen que debería ser suya. Alguien moreno. Alguien negro. Alguien católico. Alguien protestante. Alguien que se cree demasiado, muy acá. Alguien con la cabeza cubierta. Alguien nacionalista. Alguien que desea continuar siendo inglés. Alguien que se siente europeo. Alguien cuyo abuelo mató a un semejante a quien no consideraba serlo. Alguien que camina por la calle. Alguien que bebe una cerveza. Alguien que alecciona al sobrino para que encapuchado se sume a la manada incendiaria. Alguien. Cualquiera. Por cualquier cosa.
Falls Road es una zona visitada por turistas porque la barda que desgaja una parte de la ciudad de la otra separa ciudadanos en nombre de la religión y de la tradición. También sirve para representar mediante murales valores que una y otra comunidad reivindican mediante una violencia internecina que estalla cada tanto. ¿Qué ven en las paredes? No las imágenes que simulan dar sentido a la historia y que más bien son rescoldos de un terror que busca perpetuarse, de un abandono que se vuelca sobre sí mismo. ¿Ven la sombra de la gaviota o el perfil de la casa destrozada? ¿El gran odio que los envuelve? Se ven a sí mismos en el acto de matar y morir.
El lunes 8 de junio hacia las 10:30 pm un hombre negro apuñaló varias veces a uno blanco que yacía en el suelo hasta que los transeúntes intervinieron. La imagen fue captada e inmediatamente compartida en las redes sociales. La policía capturó al agresor que en principio se creyó era somalí pero resultó sudanés. Al día siguiente los adictos digitales coreaban las mismas preguntas. ¿Cuántos inmigrantes en edad de combatir había? ¿Tenían derecho para estar allí? ¿Quién podía garantizar que actos semejantes no se repitieran? ¿Qué proceso se seguía antes de soltarlos en las calles de una comunidad amenazada? ¿Qué había pasado con la promesa de retomar el control de las fronteras?
A las 9:30 am del 9 de junio circuló un mensaje: todos los negocios cerrarían sus puertas a las 5:30. Se citaba gente en distintos puntos de encuentro para hacer más difícil a la policía controlarlos. Cualquiera que aceptara la convocatoria debía llevar ropa negra y capuchas y prepararse para ser arrestado. Se prohibió llevar teléfonos para filmar los acontecimientos porque querían evitar ser reconocidos. Debían ser cuidadosos ocultando tatuajes que los identificaran. Era la invitación para linchar inmigrantes. El tercer verano de violencia racista estaba por estallar. Cualquier pretexto bastaba.
Temprano por la tarde los niños habían regresado a casa, las cortinas metálicas de los negocios habían sido bajadas, los empleados se habían apresurado a volver a sus hogares y los inmigrantes corrieron a esconderse, algunos pidiendo asilo para no permanecer en sus casas, que poco después serían destruidas. A las seis no había nadie en las calles desiertas como si en efecto hubiese toque de queda.
Alrededor de las 7:30 grupos de encapuchados con el rostro cubierto se reunieron cuidadosos de evitar que hubiera pruebas de su vandalismo. Familias de Rumania, Ucrania, Polonia y Sudán habían huido y pronto los ladrillos hicieron añicos las ventanas de sus hogares mientras derribaban puertas. Casas, coches, buzones públicos y botes de basura, incluso un autobús ardían. Las ventanas de los vecinos vomitaban llamas.
El estallido forma parte de un patrón de conducta cultivado sobre todo entre los leales a la corona. No es extraordinario, pero su magnitud, intensidad y organización son inusitadas. Es el resultado de sentirse abandonados, rezagados y agraviados, y su ira es una mezcla de rencor social, racismo, xenofobia, intolerancia religiosa característica de ciertos sectores sociales en Irlanda del Norte y algoritmos destinados a magnificar los prejuicios, todo ello amalgamado en una mezcla tóxica.
Muchos inmigrantes se asentaron en zonas leales a la corona por ser más baratas y estar menos densamente habitadas. Desde que se firmara el Tratado de Belfast en 1998, la extrema derecha en conjunción con los fieles a la corona han debido fabricar otro enemigo que justifique la existencia de grupos paramilitares que según ellos sirven para protegerlos. Pero con el republicanismo integrado, alguien más tiene que amenazarlos. Sin enemigo no hay cohesión. Sin la psicosis colectiva que ve en cada inmigrante una bestia tendrían que reconocerse. Los migrantes de hoy son los republicanos de ayer.
Muchos de los participantes en los zafarranchos son menores de edad acarreados de un sitio al otro y su presencia equivale a tráfico y explotación ilegal. Algunos lo hacen porque les parece emocionante, otros porque los divierte hostilizar y atemorizar a quienes consideran distintos. Pero los hay también que se encuentran atados al aparato paramilitar debido a deudas relacionadas con el consumo de drogas. A otros les pagan 100 euros por unirse a la destrucción.
“Islam es el infierno”, se lee en un cartel.
“No eso, no ahora ni aquí”, señala otro.
Islamofobia. Los musulmanes son diabólicos y terroristas. Son bestias predatorias calculando el momento para atacar a su presa.
La reportera pregunta a una mujer por qué participa.
“¿A usted le parece justo que ataquen a una familia en su casa?”
“Estoy contra los pedófilos violadores”, responde. Como si se diera cuenta de la enormidad de su frase añade que eso es lo que cree.
Las víctimas son quienes cuidan de las abuelas de los atacantes. Son quienes los atienden en los hospitales. Quienes pagan colegiaturas e impuestos. Quienes estudian aspirando a una mejor vida que los oriundos desprecian en favor del estado de bienestar social que los mantiene de generación en generación.
Pero hay quienes creen cualquier cosa leída en las redes sociales que les refresca la herida de sentirse agraviados y abandonados. El agresor siempre se concibe a sí mismo como víctima.
“Cuando algo es demasiado dejas de sentirlo”, dice el joven aturdido.
El coche incinerado, las ventanas estrelladas, el interior de lo que fuera el hogar de una familia revuelto y destrozado. En Belfast todo es demasiado.
Al día siguiente todo es silencio. Es el tercer pogrom y el mejor organizado y sin embargo en el gobierno no hay prisa para prepararse ni tampoco para dar recursos a la policía. No hay un reconocimiento de los ataques a los que los inmigrantes son sometidos. En Stormont no urge penalizar los crímenes dictados por el odio ni los ataques racistas. Al día siguiente quienes regresan a su casa encuentran ruinas.
Una calma chicha invade Belfast, donde este tercer estallido de violencia racista recuerda el terror de los años “difíciles” y lo proyecta sobre la vida diaria. El estallido hace pensar que la existencia para los inmigrantes ya no es viable en un lugar históricamente enconado. Irlanda del Norte no es el cuarto reino que constituye el Reino Unido, sino un asilo donde las bagatelas justifican la masacre.