Burnham y la cuestión irlandesa

  • Columna de Bruce Swansey
  • Bruce Swansey

Ciudad de México /
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El idilio veraniego del primer ministro del Reino Unido (RU) fue viento en popa. Andy Burnham recorrió la isla para informarse de primera mano acerca de las dificultades de cada región. Este ejercicio ha consolidado la imagen de un líder accesible y atento a las necesidades de la nación, una reputación que Burnham cultivó cuidadosamente durante sus años como alcalde de Mánchester.

El resultado de sus esfuerzos es que 46 por ciento de la población tiene una visión favorable de Burnham, un índice de aprobación que no se veía desde Boris Johnson al principio del covid.

Desde su gira Burnham ha tenido que enfrentar colegas parlamentarios, la guerra verbal con la oposición y el renovado asalto de los partidos de extrema derecha como Reform y Restore. También la tarea de aterrizar lo que hasta el momento han sido promesas cuyo costo es formidable.

Desde Brexit el RU ha padecido un proceso de deterioro. La falta de crecimiento, las dificultades para exportar, la crisis de la vivienda, de los servicios públicos, del sistema de salud, de transporte con una red ferroviaria ineficaz y, como los trenes, el agua en manos de empresarios que no invirtieron en la infraestructura, el país enfrenta problemas graves heredados y otros que la geopolítica actual impone.

Por ejemplo, ante el encono de la administración norteamericana contra Europa y la OTAN y la amenaza rusa sobre el apoyo británico a Ucrania urge invertir en el sistema de defensa. El último petardo en Lituania es otro tanteo ruso para ver hasta dónde puede llegar.

En casa uno de los proyectos más importantes de Burnham es la descentralización. Sus críticos aducen que espera la aquiescencia de quienes asumirán la gestión ante las decisiones que seguirán viniendo desde Whitehall. Existe además el riesgo de que alcaldías en manos de la extrema derecha presenten problemas de planeamiento y prioridades distintas. Aun así, por su experiencia en Mánchester, Burnham está convencido de que las autoridades locales conocen los problemas mejor.

Uno de los proyectos esenciales de Burnham es acabar con la destitución de quienes hacen de la calle su hogar, además de un fondo de ayuda de 65 millones de libras para los agricultores severamente afectados por el cambio climático, así como transporte gratuito para ciudadanos baldados y la reducción del impuesto a la electricidad. Burnham está convencido de que esos cambios beneficiarán a los más necesitados, aunque se trate de una ayuda a corto plazo severamente limitada por el alza del costo de otros servicios debido a la guerra de Estados Unidos contra Irán.

Brexit no sólo desestabilizó al RU en su conjunto, sino que afectó de manera especial a Irlanda del Norte, transformada de pronto en una frontera porosa con la UE. El Ulster quedó en una situación ambigua porque formando parte del RU también tiene vínculos con la UE. Aunque no hay una preferencia evidente durante los últimos años se discute con mayor frecuencia la posibilidad de la unificación de Irlanda. Este anhelo republicano es una pesadilla para los unionistas, que tratan de convencer a la población de las ventajas de permanecer formando parte del RU. Es una tarea difícil porque el deterioro de los servicios públicos ha sido especialmente patente en la salud y la educación. Los intentos de Stormont para obtener de Whitehall 1.6 billones de libras para equilibrar el presupuesto no prosperan, lo cual es crucial para resolver listas de espera de medio millón de pacientes y la construcción de vivienda de interés social detenida por ausencia de infraestructura. El riesgo de que esta incapacidad para planear contribuya a agudizar la tensión social es evidente. Incluso las iniciativas de ley como la de igualdad racial han quedado detenidas no obstante los graves problemas racistas que crean pogromos anuales contra los inmigrantes.

Burnham exige una mejor administración fiscal. No es previsible que dadas las necesidades prioritarias del RU, haya ninguna posibilidad de incrementar el presupuesto destinado a Irlanda del Norte.

En cuanto al anhelo de unificar la isla, la visita del primer ministro despejó claramente la situación: por el momento, ni hablar del tema.

“En lugar del referéndum los políticos locales deberían concentrar sus esfuerzos en mejorar las condiciones de existencia”, declaró.

Lo que indignó a los republicanos deleitó a los unionistas.

“Por fin alguien habla con sentido común”, cloqueó un dirigente unionista.

Ninguno de sus predecesores se había expresado con tal claridad al respecto, lo cual alebrestó a los republicanos. Mary Lou McDonald, líder de Sinn Féin, inmediatamente expresó su inconformidad.

Desde entonces aterrizó en Dublín la carpeta mágica de Catar con el factor naranja rumbo a Doonbeg para regocijarse con su club de golf en el condado de Clare. Jovial y adiposo, se le ocurrió declarar que según él Irlanda tenía que unificarse. Era lo natural. Eso pensaba. Siempre había sido de esa opinión.

Sin filtro, el anaranjado dice lo primero que se le ocurre que puede descolocar al adversario. Trump no ha perdonado al RU su rechazo a participar en la desastrosa guerra contra Irán. El comentario provocó la reunión de los jefes de gobierno en Gales, Escocia e Irlanda, quienes se reunieron para solicitar un referéndum sobre su separación del RU. Por lo que toca a Gales es como si Cuautitlán se declarara independiente de Morenarquia. Escocia tiene más recursos, pero el partido nacionalista está muy desgastado al cabo de los escándalos con los que terminó su gestión Nicola Sturgeon y su marido.

El anhelo republicano seguirá siendo un ensueño romántico. Unificar Irlanda es una aspiración nacionalista que suena muy bien mientras no se consideren los 20 billones de libras anuales que cuesta sostener una región escasamente productiva, estructuralmente contradictoria y endémicamente plagada de odios irreconciliables. Apenas se menciona la cuestión económica los republicanos del sur reculan. Unificar la isla supondría un alza considerable de impuestos para adoptar ciudadanos reacios y reproducir el problema que la unificación alemana plantea actualmente. No sólo eso: habría que modificar cuanto define el norte en términos de servicios públicos y educación. Las palabras de Burnham equivalen a un principio de realidad y recuerdan que la convocatoria a un referéndum sobre la separación de Irlanda del Norte del RU sólo puede ser abierta por el secretario de Irlanda del Norte y eso, en última instancia, depende de Westminster, como también lo señala el Tratado de Belfast.

Según Burnham un referéndum sobre el tema crearía más divisiones que acuerdos.

“Vean lo que sucedió con Brexit y con el referéndum en Escocia”, les recuerda a los nacionalistas.

La posición del primer ministro coincide con la de Micheál Martin, su colega irlandés.

Interrogado sobre la Comisión de Marchas, Burnham eludió el tema. En cambio habló del apoyo de Westminster para solucionar los problemas pendientes de la época que se conoce eufemísticamente como “problemática”.

La visita del primer ministro a Irlanda del Norte deja claro que lo ganado en un cuarto de siglo puede perderse en un instante. La Comisión a la que se refería la pregunta se encarga anualmente de señalar la ruta de la marcha de los unionistas. Cada año estos manifiestan su desacuerdo, pero lo que podría verse como un rito anual puede transformarse en una convulsión social. Este año en julio los manifestantes retaron ante la Suprema Corte la legitimidad de la Comisión. Si el año próximo no se sienten escuchados están dispuestos a crear un nuevo tótem que aglutine al unionismo. Dado que la popularidad de Sinn Féin va a la baja, el reto es bienvenido, así como cualquier evento que distraiga al electorado de su opacidad autocrática.

La cuestión irlandesa, como se conoce la situación del Ulster, no deja de ser un problema hasta el momento insoluble. La claridad de Burnham lo define como un mal necesario que no desaparecerá en el futuro mediato. El número 10 de Downing Street tiene un nuevo rostro que enfrenta viejos problemas.


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