Chahuistle a la vista

  • Columna de Bruce Swansey
  • Bruce Swansey

Ciudad de México /
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La presidenta prefiere irse a la cama sin cenar. Desde hace varias noches la ronda una pesadilla intermitente. Un peligro, un evento funesto que divide su vida antes y después, el mayor reto que ha enfrentado hasta el momento. Una plaga amenaza al país. Lo ve con claridad entre fogonazos lívidos. Una invasión de hongos devoradores estropean la cosecha y preceden la hambruna. Las papas se arrugan ennegrecidas. La gente expira muerta de hambre. Una infección enemiga de la existencia marcha hacia ella, incapaz de hacer nada más que esperar. Le gustaría despertar, pero aunque se ordena hacerlo sigue tirada incapaz de mover un músculo. Siente que el párpado derecho pulsa, pero es todo lo que logra. Una amenaza para la especie. Una catástrofe. Todo esto teme Catherine Connolly, la presidenta de Irlanda, quien deberá compartir la jaula en Áras an Uachtaráin, su residencia oficial, con Su Obesidad Anaranjada.

La presidenta se revuelca en la cama. Las voces la aturden con sus exigencias contradictorias.

“Aclare que Irlanda está del lado de Palestina”.

La presidenta suda en su lecho.

“Es una visita bilateral. Una cortesía”.

“Dígale que rechazamos sus planes para usar Palestina como desarrollo turístico”.

Todo eso lo sabe y si por ella fuera lo diría claramente, pero en el mundo real las cosas son distintas.

“Y que estamos contra la invasión de los colonos israelíes”.

Connolly respinga, por un instante esperanzada en poder despertar.

“¡Y contra el genocidio perpetrado por el gobierno israelí!”

Son tantas las cosas que querría decirle al factor naranja que no sabe por dónde empezar.

“La responsabilidad de la presidenta no es determinar la política exterior del país. Eso le corresponde al Taoiseach, el primer ministro”.

Es algo que han debido recordarle a la presidenta, sobre todo al inicio de su gestión, cuando todavía opinaba como si siguiera siendo ciudadana de a pie.

“La presidenta debe ser coherente con lo que ha declarado en contra del neoimperialismo de Estados Unidos”.

Y sí, lo recuerda. En más de una ocasión ha criticado la violación del derecho internacional contra Venezuela, cuyo petróleo es un botín, contra Irán en lo que parece ser una guerra sin fin previsible, contra aliados y enemigos a través de sus caprichosas e intempestivas tarifas, contra su vecino del norte al que trata como si no fuera un Estado independiente, contra la Unión Europea amenazando Groenlandia y contra lo que se sume en estos días.

Catherine Connolly sueña con que alguien le dé un manual para manejar ese monstruo que parece no haber superado los siete años de edad, cuando todavía es imposible tener madurez emocional, detenido en un mórbido narcisismo que sólo acepta la adulación.

En el manual lee que Mark Rutte lo llamó “papi”, epíteto que el factor naranja apreció como muestra de sumisión. Catar optó por una estrategia material y le regaló un jumbo jet, un auténtico palacio volador más sustancial que la alfombra mágica de Aladino. Cuando Starmer era primer ministro del Reino Unido lo invitó a una visita de Estado con toda la parafernalia real de Buckingham. Claudia Scheinbaum lo entretiene soltándole presas aisladas para evitar que el factor naranja cumpla sus amenazas y decida convidarla a pasar una temporada en Nueva York.

“¿Cómo adularlo sin perder el respeto por sí misma?”

Eso se pregunta la presidenta, atribulada por la inminencia de la visita.

“El factor naranja no es bienvenido en nuestro país”.

El gobierno irlandés se propone disimular el rechazo de la población y garantizar la seguridad de la visita. Por donde circule habrá vallas de policías, pero incluso en las calles aledañas los servicios de seguridad se encargarán de peinar calle por calle, casa por casa, hasta que no quede ni un bache por revisar. De todos modos, se espera una manifestación de repudio citada en el Jardín de la memoria, en el centro de Dublín.

Ahora aparece acercándosele tanto que ve los poros abiertos bajo el maquillaje y percibe vahos de letrina. Eso la mira arrogante, con el odio mal disimulado de una criatura imaginariamente agraviada y obsesionada con destrozar cuanto según él merece ser aplastado. Hace pucheros.

“Aberrante” —murmura la presidenta.

Lo cierto es que conviene llevarle la corriente porque las finanzas públicas de Irlanda dependen mayoritariamente de los impuestos pagados por las compañías multinacionales norteamericanas establecidas en la república. En 2024 esas compañías pagaron 20 mil millones de euros, una contribución fiscal que define asimétricamente la relación entre Irlanda y Estados Unidos. En gran medida esos impuestos solventan los gastos de la ineptitud administrativa.

En marzo de 2025 la presidenta Connolly afirmaba que “si queremos tener credibilidad como Estado independiente y soberano y como una república neutral, es necesario denunciar el abuso de poder del presidente Trump”.

Cuando le preguntaron en la oficina oval por esas palabras, contestó “él —dijo refiriéndose a la presidenta— tiene suerte de que yo exista”.

El factor naranja aprecia Irlanda porque es el lugar donde en 2014 compró Doonbeg, su club de golf, donde ahora jugarán los mejores del mundo. Su visita no tiene otra agenda que pavonearse entre los profesionales del deporte y quizá lo más prudente sea mantenerla contenida en esos términos. Ya habrá ocasión de recordar Gaza, Líbano, Palestina y Ucrania en otro contexto que no afecte su paternalismo hacia Irlanda.

La presidenta se revuelve en su lecho esforzándose por despertar.

“¿Vendrás en mi ayuda?”, le pregunta ansiosa a Katie Taylor, la mejor boxeadora en la historia de ese deporte en Irlanda.

“Claro que sí”, le responde sonriente alargando el puño derecho.

La presidenta despierta a la hora del lobo, cuando todo es posible. Afuera la lluvia se estrella, cada gota abierta en tentáculos de plata sobre la ventana de su habitación.


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