Dos meses después

  • Columna de Bruce Swansey
  • Bruce Swansey

Ciudad de México /
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La llegada de Andy Burnham al número diez de Downing Street ha renovado la energía política en el Reino Unido (RU) mediante actos simbólicos como su gira por el país y ciertas medidas que no solucionarán la penuria de muchos de sus habitantes, pero por lo pronto permiten ese bien fundamental para la administración que es la esperanza. Si algo puede encapsular su campaña y los proyectos que la caracterizan es ese mensaje.

Conocemos las aspiraciones que impulsan a Burnham: su cruzada para solucionar la destitución extrema de quienes viven en la calle, su certeza de que la descentralización hará más eficiente el gobierno, su determinación para fijar límites al precio del transporte público, su convencimiento de que es imprescindible nacionalizar los servicios públicos subastados por Margaret Thatcher y su conciencia de que sólo impugnando el Brexit y asegurando una relación en todos los niveles más estrecha con la Unión Europea (UE), será capaz de solventar el marasmo económico y allegarse un capital urgente para reconstruir el país que la administración Tory dejó en ruinas.

Parte de la renovada confianza en el laborismo se debe a la candidez con que Burnham ha hablado de los problemas que aquejan el RU. En lugar de dorar la píldora los ha nombrado claramente, pero al contrario de su predecesor, no ha permitido que ese principio de realidad obstaculice las soluciones. Starmer limitó el horizonte de posibilidades, amedrentado a derecha e izquierda. Burnham, en cambio, inspira confianza en que los males son serios pero no fatales.

Uno de los signos del cambio es proceder allí donde Starmer enfrenó su gestión. La relación con la UE debe romper el marco creado por Starmer temeroso de que abogar por un mayor acercamiento sería ignorar el referéndum y sobre todo perder votos de los recalcitrantes que favorecerían a los conservadores, pero sobre todo a la extrema derecha de Reform. Starmer se impuso un límite que no le permitió llevar adelante la ansiada negociación para rehacer la relación con Europa. Burnham en cambio, sabe que no cuenta con demasiadas cartas y que para no subir impuestos o romper el techo fiscal de la deuda nacional lo único posible es desandar el Brexit y hacerlo a la mayor brevedad.

El primer ministro cuenta con una situación geopolítica que evoluciona vertiginosamente hacia otro orden internacional en el que los acuerdos que habían mantenido la paz, el respeto por las leyes internacionales y por los derechos humanos ha sido aniquilado por el ensueño imperial ruso, el cinismo mercantilista chino y la declinación de Estados Unidos bajo la administración republicana reducida a la base Maga del factor naranja.

El apoyo sostenido a Ucrania ha provocado la reacción de Putin contra el RU y en general contra Europa elevando peligrosamente la retórica bélica. El rearmamiento es una prioridad de seguridad ante las crecientes incursiones rusas en territorio europeo, lo cual se añade a la cantidad de recursos que Burnham debe atender. Además, el peligro ruso exige reforzar lazos con lo que Mark Carney, el primer ministro de Canadá, ha llamado potencias medianas. Su viaje a Estrasburgo se propuso abrir la puerta para una asociación con la UE que Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, ha dado la bienvenida. El camino para hacer a Canadá un estado “asociado” no será sencillo pero tampoco imposible y confirma la viabilidad de que el RU pueda reintegrarse en un futuro previsible.

Esta necesidad también es estratégicamente importante para minimizar el riesgo de los nacionalismos autonómicos en Gales, Escocia e Irlanda del Norte y de los partidos que apoyan la secesión. Pareciera que Burnham es capaz de evitar la camisa de fuerza que definió a su antecesor y que terminó ahogándolo. Burnham cree que otras opciones son posibles sin ceder terreno electoral a la extrema derecha. Como ha señalado Nick Boles en el Financial Times recordando a Tony Blair y a Gordon Brown, hay que proponer un “New Deal” desde inteligencia artificial al cambio climático y el caos internacional.

Burnham no pierde el tiempo y otro de los signos de un liderazgo internacional más enérgico es la reciente prohibición de cualquier relación comercial con los asentamientos israelíes en Palestina que el RU considera ilegales, otro de los temas que amedrentaban a Starmer.

Ed Miliband, ministro de Exteriores, también sancionará cualquier compañía que tenga relaciones comerciales en la construcción de casas en los territorios disputados. Miliband se ha expresado con claridad al condenar la invasión de Palestina.

Dos meses después de haberse mudado al número diez, 70 por ciento de quienes votaron por el laborismo planean volver a apoyarlo. En febrero pasado sólo 52 por ciento se mostraba inclinado a dar su voto al partido laborista. Los votantes desilusionados que habían dado su voto al Partido Verde han bajado de 18.5 por ciento a 8 por ciento. Estos datos muestran que Andy Burnham está convenciendo al país de que hay razones para tener esperanza y esta es el más preciado capital político.


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