El avispero

  • Columna de Bruce Swansey
  • Bruce Swansey

Ciudad de México /
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Todos lo han visto: la carcasa de un barco nazi que surge en el lecho del Danubio debido a la sequía que afectó Europa este verano. La imagen es una metáfora y una anticipación acerca de un pasado todavía vivo que días después confirmaría su ascenso político.

La nostalgia por la época en la que la civilización europea reinaba suprema encuentra en los barcos hundidos que afloran, fantasmas de lo que se considera fue una existencia más segura. Durante los últimos años ha ocurrido un cambio en Occidente que afecta todos los ámbitos de la existencia. Su signo más evidente es el progresivo deslizamiento hacia posiciones conservadoras que se han radicalizado desde comienzos de este siglo. En tiempos de crisis el fascismo resurge para seducir votantes que comparten características agrupadas en torno del rencor social. Como siempre, desde Austria a Finlandia y cruzando el océano de norte a sur, el totalitarismo prepara sus huestes para luchar la última batalla, el armagedón que por fin garantizará el control del mundo.

Los votantes que apoyan el resurgimiento del fascismo se sienten ciudadanos de segunda clase, traicionados por los líderes, dejados atrás por cambios concebidos para orillarlos en la cuneta de la historia, marginados de todo aquello que sienten que de otra forma sería suyo, humillados y ofendidos por lo que vagamente describen como “elite” y que actualmente designa a los dueños de las compañías de inteligencia artificial, invadidos por inmigrantes que según ellos les arrebatan empleos, hogares y mujeres, víctimas del reemplazo étnico y en el caso de las recientes elecciones en Alemania, nostálgicos del autoritarismo soviético al que identifican imaginariamente con la seguridad, la igualdad y el prestigio que los evade.

“Un shock existencial”, en palabras de Friedrich Merz, quien prometió quitarle la mitad de los votos a la Alternativa para Alemania sin saber que al cabo de apenas un año sería su partido el que fuera aplastado por el alud de los votos, especialmente de hombres entre los 35 y los 69 años. Estos votantes sienten que el futuro les ha sido arrebatado, pero que por lo menos todavía pueden vengarse alabando el autoritarismo en las redes y votando por un partido neonazi y pro ruso.

La reunificación de Alemania en 1990 implicó la liquidación de la industria y el éxodo masivo de jóvenes que huyeron de los beneficios del comunismo del que Alemania del Este no se ha repuesto. Cuatro décadas después y dos trillones de euros de transferencias del Oeste no han logrado transformar la nostalgia por una edad dorada mítica previa a la caída del muro ni la educación ha podido integrar a una población eurofóbica y contraria a la sociedad civil. En cambio, en 1990 Alemania occidental contaba con una economía sólida, partidos políticos fuertes y consenso social. Actualmente el panorama es distinto. La reunificación significó incorporar una mentalidad reaccionaria y totalitaria que se une a la psicosis anti inmigratoria y a la incertidumbre financiera debido parcialmente a que el petróleo y sobre todo el gas de Rusia son bienes censurados en la Unión Europea.

La democracia necesita la distribución de la riqueza no para lograr la igualdad, sino para paliar las desventajas de nacer en el código postal equivocado. Sin bienestar social los votantes confirman que sus intereses importan poco y su voz no es escuchada. El resentimiento es enemigo de la democracia y la nostalgia distorsiona la historia.

La sirena de la extrema derecha entona promesas seductoras de justicia en un mundo que desde el inicio del siglo y de milenio ha agudizado las contradicciones económicas creando fortunas nunca vistas en manos de unos cuantos mientras la mayoría se hunde en la penuria. Jamás el abismo entre la minoría y la mayoría fue tan insondable.

Desde la catástrofe financiera de 2008 la situación económica se ha deslizado hasta que vastos sectores han perdido la esperanza de que el sistema prevaleciente les haga justicia.

La convulsión de los tiempos no sólo es económica. En un panorama donde los jóvenes han dejado de creer que podrán independizarse, la crisis de la vivienda viene a rociar el fuego con gasolina. El mundo que fue posible para sus progenitores hoy es inaccesible. La frustración social de esta falta de posibilidades crea un desasosiego constante donde es lógico que surja el rechazo del statu quo.

Es notable que un elevado porcentaje de los votos provenga de varones que se sienten amenazados y cuya educación se limita a lo básico desplazándolos hacia la marginalidad. El cambio tecnológico se suma a la creciente inestabilidad determinada por la revolución digital y la nueva era de la inteligencia artificial en manos de escasas compañías hasta el momento libres de todo control. Si el fascismo clásico ofrecía una aurora común, el actual cancela todo futuro compartido.

Hace un par de semanas, el sábado 5 de septiembre, un grupo de 500 hombres vestidos de negro, con capuchas y rostros cubiertos, bloquearon Dover, en el Reino Unido. Su intención era impedir la llegada de una patera con inmigrantes ilegales. El domingo 6 otro grupo más espontáneo reproducía la iniciativa bloqueando el acceso a Portsmouth. Las dos acciones fueron organizadas por un ex convicto llamado Daniel Thomas que se hace llamar Danny Tommo, quien fuera guardaespaldas de Stephen Yaxley-Lennon, conocido en la machosfera como Tommy Robinson.

Estas acciones confirman el progreso de grupos cada vez mejor organizados y más rápidos para irrumpir en las calles y también para evitar ser apresados. Distribuidos espacialmente para dividir las fuerzas del orden, arriban seguros de sus derechos y acompañados de un enjambre de colegas dedicados a registrar y difundir el evento. Los participantes en estas acciones comparten las características de sus cofrades alemanes: son hombres cuya situación es precaria y la única válvula de escape son los inmigrantes, el enemigo que les confiere la unidad de otra forma inexistente.

Estos cruzados del racismo xenófobo tienen algo en común con el fundamentalismo islámico: provienen de una machosfera misógina, se arrogan el derecho de hablar en nombre del pueblo y de Dios y se conciben como víctimas en busca de una revancha que les haga justicia.

Los “colonos” israelíes llegan enmascarados y armados, prendiendo fuego a las casas y matando al ganado y con frecuencia también a las personas. Su invasión de la tierra de los palestinos sucede ante el beneplácito del gobierno fundamentalista israelí. Estos pandilleros tienen algo en común con los energúmenos europeos: su odio a los otros a quienes deshumanizan en nombre de un derecho divino para justificar la violencia, como si la Biblia fuera la escritura de un suburbio. La operación de limpieza étnica, dilapidación y ocupación en Gaza ya ha merecido la reacción del Reino Unido que condena abiertamente estas acciones como terroristas.

Los llamados “vigilantes” que se creen dueños de la justicia y linchan latinoamericanos en la frontera entre Estados Unidos y México pertenecen al mismo tipo de sinanthropus con iniciativa, el ámbito común de la machosfera.

La psicosis que consiste en exterminar al otro antes de que este tome la iniciativa constituye un círculo vicioso de odio traducido como supervivencia. Ya que no les es posible negar el cambio climático les queda negar la humanidad de los otros. Para Santiago Abascal en España la inmigración africana es una amenaza para Europa, Marine Le Pen en Francia los juzga como nómadas a quienes no les importa el lugar que los recibe porque son gente sin raíces, para Nigel Farage en el Reino Unido son escoria a la que se debe perseguir. La psicosis de la invasión está en el centro de la ideología MAGA articulada por Trump.

Lo que se despliega en este rápido recuento del malestar de Occidente es la creciente formación de grupos paramilitares al margen de la ley. Ante sus acciones existe la tentación de armar fuerzas especiales, pero esto significaría una escalada en la tensión. En cambio es imperativo regular las redes sociales y someterlas a una gestión democrática para propiciar el respeto en lugar de fomentar la intolerancia. Urgen espacios oficiales de educación cívica con programas inclusivos, campañas capaces de combatir la psicosis de la gran invasión y el reemplazo étnico, el fundamentalismo religioso y la militancia etnonacionalista. Seguramente hay muchas otras vías para desideologizar a quienes hoy salen a la calle en operaciones terroristas, pero mientras los ciudadanos no vean resultados concretos que mejoren sus condiciones de vida no habrá forma de rescatarlos del desencanto ni de la ilusión redentora del avispero autoritario.


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