El escenario del caos

  • Columna de Bruce Swansey
  • Bruce Swansey

Ciudad de México /

El año apenas comienza, pero ya es posible vislumbrar el resto del año: el retorno de la carrera nuclear, el armamento de Europa, el regreso de la conscripción militar obligatoria, el uso de la inmigración como el fantasma favorito de la extrema derecha paranoica del reemplazo étnico, la sustitución de la guerra de clases por la de las identidades y el origen, la vuelta al nacionalismo patriotero, la lucha por someter la revolución digital a un marco legal, el reemplazo de las iglesias y los sindicatos por el incesante ruido del estercolero de las redes sociales, el terrorismo de estado, la destrucción de las instituciones que garantizaban un relativo orden global, el resurgimiento del expansionismo imperialista, la crisis del cambio climático y sus consecuencias alarmantes, en suma, el escenario del caos programado. 2026 es parte de un cambio profundo en el que el viejo orden terminó y el nuevo no se configura. Es parte de una reacción que no comenzó ayer y que tampoco terminará mañana.

En este escenario del caos programado las reglas que hasta el retorno del factor naranja sujetaban las conflagraciones mundiales han dejado de operar. Los organismos internacionales han emprendido la existencia de los zombies, incapaces de reforzar las leyes. En la ONU António Guterres insiste en lo que claramente es incapaz de remediar. Una voz perdida en el desierto, un funcionario protocolario, un ornamento. ¿Qué hacer?

Entre las ruinas podría emerger el alineamiento de naciones medias cuya alianza las proteja de la rapiña de los tres países que han decidido el nuevo reparto del mundo que comenzó con la invasión de Ucrania, el genocidio en Gaza, el secuestro en Venezuela del auriga de “trocas”, y que puede continuar con la absorción de Taiwán ya que no hay nada que contenga la decisión de trazar el mapa del mundo de acuerdo con los delirios de tres septuagenarios.

El orden internacional ha colapsado, destruido por el policía del mundo transformado en un mafioso cuya politica exterior oscila entre la amenaza y la extorsión y cuya politica interior se define por el terrorismo en nombre de la pureza étnica y nacionalista que busca depurar Estados Unidos de enemigos internos definidos como “terroristas domésticos”. El factor naranja transformado en Armagedon.

El creciente escepticismo internacional ante la arbitrariedad dinámica de la administración norteamericana fue resumido por Mark Carney, el primer ministro canadiense, quien declaró que el viejo orden no volvería y que la nostalgia no es un plan viable. La creación de un pequeño occidente consiste en la Unión Europea (UE), incluyendo al Reino Unido (RU), menos Hungría y más Canadá.

En 2026 es clara la necesidad de encontrar un nuevo orden internacional al margen de Estados Unidos. Es hora de despertar como lo exige el presidente ucraniano Volodimir Zelensky, quien reclama a Europa su pasividad. La falta de liderazgo no se compensa con despliegues retóricos y la guerra, como en 1939, no se evitará cediendo a las exigencias por un lado de Putin y por el otro del Armagedon peinado de algodón de feria, quien ha concentrado sus esfuerzos en reclamar Groenlandia a costa de atacar la integridad territorial de Dinamarca, un país miembro de la OTAN. Como es costumbre cuando la bravata es enfrentada, ha seguido el cambio de opinión en favor de lograr concesiones que aplaquen momentáneamente su prepotencia. No hay que engañarse: Armagedon retrocede para avanzar de nuevo una vez que distrajo a las víctimas con la amenaza renovada.

La impunidad con la que el factor naranja actúa ha provocado en Europa una reacción que oscila entre la condena de Pedro Sánchez, primer ministro español, y el apoyo de Giorgia Meloni, la primera ministra italiana. Entre ambos, el resto de los países miembros de la Unión Europea (UE), cautamente apoya la ley internacional, pero se abstiene de condenar la intervención militar norteamericana.

La reacción europea es comprensible de cara a Ucrania, cuyo futuro inmediato definirá el de Europa y especialmente el de los países bálticos, Polonia y Finlandia.

En Irlanda Micheál Martin, el primer ministro, se ha unido a la condena contra un acto de violencia que profundiza la crisis del nuevo desequilibrio internacional. Su postura no carece de mérito si se considera que la mayor parte de los impuestos proviene de compañías norteamericanas que el factor naranja quiere de regreso sin entender que su ubicación les permite acceder expeditamente al mercado europeo.

En el RU Keir Starmer, el primer ministro, reaccionó contra la diatriba del factor naranja en Davos acerca de la falta de acción del RU en Afganistán y ha apoyado la exigencia de Dinamarca para defender su integridad territorial. Atacarla, señaló Mette Frederiksen, la primera ministra danesa, significaría el fin de la OTAN.

Además de la necesidad de asegurar la inversión norteamericana en la industria digital británica, Starmer tiene problemas en casa. El primero lo que se percibe como un gobierno sin causa, es decir sin proyecto y por lo tanto a la deriva de una impopularidad que el cambio de año ha recrudecido. Starmer parece hipnotizado por la cobra del populismo etnonacionalista que según las encuestas aventaja al laborismo. Sin una estrategia comunicativa, la presión crece dentro del partido con diputados ansiosos por conservar sus sedes y que se agitan amenazando con desbancar al primer ministro. En particular Andy Burnham, alcalde de Manchester, tiene aspiraciones que Starmer se propone bloquear. El escándalo de la relación de Peter Mandelson con Epstein tendrá daños colaterales que podrían costarle el puesto.

Después de una década fuera de la UE Brexit es un desastre. Starmer habla de la necesidad de estrechar lazos con la UE pero en lugar de proceder enérgicamente se contiene temeroso de arriesgar votos que quizá de cualquier manera no lo favorecerán. Las próximas elecciones en Gales y Escocia serán el adelanto de lo que podría llevar a Nigel Farage, el líder de Reform, el partido neofascista, al número 10 de Downing Street dentro de tres años. Quien crea que no hay prisa para torcer el rumbo de la amenaza populista de extrema derecha se engaña. Si algo caracterizará el 26 en Europa es el crecimiento fatal de masas que llevan años dando señales de su desencanto respecto de los partidos tradicionales, incapaces hasta ahora de luchar por la supervivencia democrática en el estercolero de las redes sociales donde según el Armagedon declara, Europa enfrenta la desintegración cultural.

El arranque de 2026 contiene en germen las dificultades que continuará enfrentando la UE. Sin embargo, no todo está perdido. En Mineápolis el terrorismo de estado provoca una poderosa reacción solidaria y en Europa la certeza de que otro orden es inaplazable, un convencimiento que unifica a izquierdas y derechas ya que como lo ha dicho Jordan Bardella, el delfín de Mme. Le Pen, o Europa enfrenta las amenazas de Trump firmemente o desaparecerá bajo la lógica imperial.


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