El rey del norte

  • Columna de Bruce Swansey
  • Bruce Swansey

Ciudad de México /

Makerfield es el nombre de un poblado al noroeste de Manchester. Pocos sabrían de su existencia antes de las últimas elecciones locales que enfrentan al Partido Laborista, más específicamente a Andy Burnham, con Reform, cuya vocación populista eligió un plomero misógino como candidato.

“Soy muy común”‘, afirmaba el plomero como si su tontería fuese una virtud.

El nombre del villorio es simbólico porque desmenuzado puede significar el hacedor de un campo: make field podía hacer o deshacer al laborismo o a la derecha. El resultado de la elección del 18 de junio favoreció al laborismo.

Toda elección es importante porque define el futuro inmediato. No sólo se elige a un candidato, sino todo lo que representa. Y en el caso de la elección regional de Makerfield, en el Reino Unido (RU), se jugaba el destino local, nacional y por extensión, al influir en la relación del RU con la Unión Europea (UE), el de un continente asediado por Estados Unidos que con Trump ha pasado de ser aliado a ser oponente, por Rusia, que no claudica en sus pretensiones imperiales y por China, cuya sobreproducción inunda el mercado europeo minando sus fuentes de producción.

Esta elección fue especialmente significativa porque también decidió la suerte adversa de Reform y de Restore, los dos partidos etno nacionalistas, que amenazaban arrastrar al país hacia el fascismo. Farage debe estar frenético al comprobar lo infundado de sus pretensiones, aunque es necesario permanecer alerta porque cada vez que se le corta una cabeza a la hidra de la extrema derecha le nace otra.

Es una elección compleja porque Andy Burnham, alcalde de Manchester, no sólo se propone regresar al Parlamento, sino retar al primer ministro por el liderazgo del partido y el número 10 de Downing Street.

El triunfo de Burnham es la desdicha de Starmer, a quien varios ministros de su gabinete le pidieron que se retire. La renuncia de John Healey al ministerio de Defensa fue la gota que rebasó el vaso. Starmer fue declarado “inhábil”. Era otra manifestación de la volubilidad de sus medidas y su propia inestabilidad para tomar decisiones. Corría el riesgo de ser removido del puesto por el partido. Ante la presión, al principio el primer ministro declaró que permanecería, pero el lunes 22 el clima político había cambiado y Starmer anunció que dejaba el campo libre. Como corresponde a un hombre de principios, Starmer concede que su gestión es insostenible.

Burnham tiene carisma y empatía y la confianza en sí mismo que resulta de haber conquistado espacios reservados para las clases acomodadas y la aristocracia. De llegar a Downing Street, Burnham será el séptimo primer ministro en diez años y el primer católico en mudarse al número 10. Su origen religioso no le impide ser solidario con la comunidad gay. Su campaña se basó en la promesa de cambio pero también en un tono inclusivo, optimista y liberal, lo cual ofreció un fuerte contraste con la toxicidad de la derecha. De ahí que el cambio haya iniciado con la esperanza de liberarse del etno nacionalismo.

“Es evidente que la política no está funcionando y que el país no está donde debería. Yo me propongo un cambio: el de la esperanza”.

Hasta ahora el cambio ha sido un mantra vacío. Todos quieren un cambio pero ninguno sabe en qué consiste. Para “el rey del norte”, como es conocido Burnham, significa esperanza, es decir la expectativa de obtener una mejor calidad de vida, que depende de una economía robusta capaz de asegurar el cumplimiento de las responsabilidades del Estado: servicios públicos, descentralización, fortalecimiento de los poderes locales, acceso a la educación, la salud y la vivienda.

Uno de los temas álgidos será la relación con Europa. Hay quienes en la derecha se aferran a la alegre visión bucanera de Boris Johnson, el payaso que pretendió ser primer ministro y que, como el flautista de Hamelin, aprovechó el nacionalismo inglés para guiar a las ratas al precipicio del Brexit.

Todavía hay quienes creen que el fracaso se debe a no haber sido lo suficientemente radicales. La verdad, demostrada durante una década, es que el RU ha pagado su desgajamiento de la UE con una severa contracción económica acompañada de una progresiva irrelevancia política. Keir Starmer lo vio con claridad, pero no le fue posible acelerar el retorno del hijo pródigo a Bruselas. Brexit ha dejado de ser el proverbial elefante en el salón. Los números no mienten. Burnham deberá enfrentar el toro de la reacción y aclarar desde el principio que sin reintegración a la UE no hay esperanza.

De acuerdo con lo que se ha llamado “manchesterismo “, el cambio que persigue el hoy ex alcalde es nacionalizar los recursos naturales como el agua y diversos sectores energéticos como la electricidad. El costo de compensar a los inversionistas ascendería a billones de libras así que hay que tener claridad acerca de la forma de realizar la transición, es decir ajustar el régimen fiscal.

La descentralización es un tema primordial en el que Burnham ha destacado como alcalde, reclamando mayor autonomía y fondos que en conjunto con los empresarios locales puedan elevar la calidad de vida. La disparidad entre Londres y el resto del país es abismal.

Otro tema álgido será su posición frente a la inmigración. Hasta el momento se ha mostrado afín con el propósito de Shabana Mahmood, actual ministra del Interior, para restringir enérgicamente la inmigración, una línea dura que afecta especialmente al sector salud y la atención para los viejos. Wes Streeting, su rival para mudarse al número 10, afirma que el laborismo debe apoyar la inmigración. Burnham deberá detallar un programa de gobierno y evitar divergencias radicales dentro del partido.

Hay otros temas como los impuestos, el sostenimiento del bienestar social, la necesidad de invertir en defensa nacional, lo que significa un socialismo empresarial que participe con el Estado en la lucha por someter las redes sociales, las plataformas tóxicas y la inteligencia artificial a un marco legal.

El resultado de la elección en Makerfield significa la existencia de un electorado dispuesto a conceder otra oportunidad al laborismo. El mensaje de la esperanza resuena en ciudadanos hartos del odio fascista. El momento es propicio y desperdiciarlo significaría sellar la desintegración del laborismo. Burnham cuenta con el verano para detallar su programa y asegurarse de que funcionará.

BRUCE SWANSEY


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