La era dorada de la hipocresía

  • Columna de Bruce Swansey
  • Bruce Swansey

Ciudad de México /
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Mientras Europa arde, en Irlanda se goza de un buen clima sin precedentes porque han transcurrido más de dos meses soleados y sin llover. Al lado arde el bosque en Devon, Cambridgeshire y otras regiones. El agua escasea amenazando el futuro y el bolsillo de quienes deberán pagar más por sus alimentos o comer McBurger hasta reventar. Harán falta cinco billones de litros, pero la gente chancletea sonriente porque el cielo es alto y azul y puede andarse en mangas de camisa.

En Irlanda el clima se mantiene detenido en un verano ideal, pero en Arcadia también hay serpientes. El fantasma del abuso sexual perpetrado por la Iglesia católica ronda de nuevo la conciencia pública. La infamia de los Christian Brothers vuelve con revelaciones de viejas prácticas que durante el siglo XX definieron la perversa doble moral de la Santa Madre. Por un lado el autoritarismo para imponer una apariencia de quietud social, de servidumbre ciega, por el otro el horror sádico solapado por la jerarquía infestada por el corporativismo y la complicidad. Un mundo donde la pobreza es considerada inferior y culpable de su infortunio. En el confinamiento de la sociedad secuestrada, en el silencio de las sacristías y en los enormes internados suceden actos innombrables.

Aunque el abuso no era nuevo ni desconocido, las víctimas carecían de voz y sus familias, en caso de no ser huérfanos, preferían ignorarlo. Era una vergüenza. Un estigma. Algo que era preferible estacionar en el subconsciente.

Desafortunadamente para la Santa Madre y sus huestes dentro y fuera del gobierno a fines del siglo XX estalló un escándalo que no ha desaparecido ya que continúan surgiendo víctimas del abuso sexual por parte de sacerdotes pedófilos protegidos por la jerarquía.

Era 1998 y apenas abierta la portezuela del coche por el chofer, Desmond Connell, el arzobispo de Dublín, se apresuró haldeando las faldas de la sotana hacia la puerta de su palacio. Evitaba mojarse, pero sobre todo quería evadir a los periodistas.

“Monseñor…”

Los destellos de las cámaras lo captaron abriéndose paso iracundo.

De antecedentes humildes, Connell fue educado en el seminario porque era la única forma de asegurarse el pan y una carrera en la que destacó hasta llegar a ser nombrado cardenal por Juan Pablo II, arzobispo y primado de la Santa Madre. Como sus predecesores, Connell era tan conservador que el Concilio de Trento le habría parecido demasiado avanzado.

Por eso aunque muchos pedían un cambio en la Iglesia, a nadie sorprendió que en 1990, en ocasión de su primera entrevista con los medios, el arzobispo definiera la homosexualidad como una perversión. Lo dijo con los labios abultados, rojos y brillantes como si jamás se hubiera limpiado la boca. Al hacerlo condenaba la corporación a la que pertenecía, porque para entonces la comunidad gay ya luchaba contra el prejuicio primitivo del que el arzobispo era una reliquia.

El senador David Norris, que había ganado ante la Suprema Corte Europea de Derechos Humanos la lucha contra la discriminación sexual como atropello, declaró jocosamente que Connell era experto en ángeles, pero no en “fairies”, que literalmente significa hadas y metafóricamente hombres gay. El humor no convenció al primado, sino que reafirmó su intolerancia. Connell era un dragón medieval anterior a Santo Tomás.

Para incomodidad del arzobispo, en 1993 la homosexualidad dejó de ser legalmente penada. Desde entonces el primado se dedicó a atacar a la gente gay y declaró el divorcio como algo intrínsecamente malévolo que amenazaba la familia.

En 96, 50.3 por ciento votó a favor del divorcio a pesar de que el arzobispo se desgañitara alucinando el apocalipsis. Para entonces la Santa Madre había perdido el púlpito desde donde vigilaba y castigaba a la nación.

El siguiente año Mary McAlessee, presidenta de Irlanda, acudió a comulgar a una iglesia protestante. Este acto de integración y respeto fue una señal de alarma para el primado, cada vez más atrincherado y excéntrico en una época de cambios profundos. En lugar de leer los signos del tiempo, Connell criticó el ecumenismo como un crimen.

Esta hostilidad fue especialmente negativa en un país donde se necesita urgentemente la apertura y la inclusión. Antes del Tratado de Belfast en 1998, el gesto de la presidenta McAlessee era un mensaje político contra el sectarismo que mantenía la frontera con el norte como una herida abierta y una fuente de violencia intermitente y salvaje.

Para terminar de amargarle la vida al primado, en 2015, 62 por ciento votó a favor del matrimonio gay. El mundo que Connell representaba se había precipitado en el escándalo apurando el escepticismo y el rechazo frente a una institución corrompida hasta la médula.

Las víctimas de los sacerdotes pedófilos denunciaron el crimen. Poco a poco quienes habían vivido padeciendo en secreto su trauma decidieron exponerlo creando una nueva conciencia de lo que hasta entonces había sido innombrable. El muro de silencio levantado a lo largo de décadas de complicidad criminal se derrumbó ante el indignado asombro del arzobispo.

Desde 1993 Connell había sido perseguido por un alud de quejas de abusos cometidos contra menores de edad. Un caso tras otro, el arzobispo rechazó la oportunidad para hablar del tema. Varios documentales explicitaron la arrogante indiferencia del arzobispado hacia las víctimas y su antipatía para discutir un tema que cimbró el país socavando para siempre la preponderancia de la Santa Madre. El poder que tuviera la Iglesia Católica en un estado teocrático se había vuelto añicos. Connell nunca pudo detener el péndulo de la historia que lo persiguió hasta su tumba.

Para la Conferencia Episcopal Irlandesa de 2002, fue imposible continuar ignorando el río de denuncias y aunque Connell ofreció una disculpa, era tarde para aplacar la exigencia de la feligresía para que renunciara. La exigencia de que los crímenes sexuales cometidos entre 1965 y 2004 fueran conocidos y peleados legalmente, fue el golpe de gracia para Connell. Roma designó a Diarmuid Martin como coadjutor. Connell era un cadáver ambulante. En 2004 el papa aceptó su renuncia.

En 2009 se dio a conocer el resultado de las indagaciones sobre crímenes sexuales que fue muy crítico de la archidiócesis y de Connell. Allí se detallaba el encubrimiento escudándose en que los crímenes de los religiosos sólo podían ser juzgados por la ley canónica rescatando a los culpables de enfrentar juicios civiles. La Iglesia se parapetó como un Estado autónomo dentro del Estado. Cuando Connell murió en 2017 ningún político acudió.

Desde entonces los casos se han sucedido exacerbando el rechazo de la Iglesia católica por su hipocresía y crueldad con las víctimas cuyas vidas destruyó.

La congregación de los Christian Brothers ha sido objeto de muchas denuncias y en 2009 el reporte Ryan que investigó el tema desde 1930 a 1990 encontró una historia de violaciones de los menores a su cargo. Sade no lo habría imaginado más cruentamente. Estos crímenes no fueron excepcionales sino institucionales, realizados sistemáticamente. Ante la denuncia se prefería ignorarla y transferir al agresor a otra diócesis donde podía continuar perpetrando abusos.

Para prevenir el proceso legal de denuncias recientes, la congregación se ha negado a designar a uno de sus miembros como representante. Como ninguno de sus miembros puede ser demandado individualmente la congregación ha optado por obstaculizar el proceso legal. Para demandar a un culpable hay que demandar a 341 miembros, muchos de los cuales son inocentes. Pero elegir esta vía agota psicológica y financieramente a las víctimas.

La congregación ha destinado cuatro millones para compensar a las víctimas advirtiéndoles que de persistir su reclamo por vía legal el dinero disponible se irá en costos legales.

Otras órdenes han asumido su responsabilidad legal, pero los Christian Brothers prefieren continuar la tortuosidad que los ha caracterizado para obstaculizar la justicia aunque la era dorada de la hipocresía haya desaparecido bajo la voz de cada víctima que denuncia los abusos abominables de los perpetradores, pero también de quienes estaban obligados moral, religiosa y legalmente a denunciarlos.


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