El domingo 16 de agosto alrededor de las 3 de la madrugada cinco adolescentes a bordo de un BMW recorrían a alta velocidad la autopista en sentido contrario. El menor tenía 15 años, el mayor 18. Inspirados por los “influencers” de la machosfera, los chicos se habían propuesto volverse célebres con un video de su hazaña. No era la primera vez que plataformas como TikTok daban espacio a este tipo de proezas que glorifican el crimen y lo hacen aparecer como una aventura admirable.
Los chicos se aburren. No saben qué hacer con su tiempo. Pasan horas molestos por agravios imaginarios, alucinados con fantasías que saben imposibles. Para espantar el tedio recorren la calle buscando un coche que puedan abrir, los audífonos puestos con música ensordecedora y las capuchas de rigor que ocultan su identidad.
Desafortunadamente esta vez el chiste es trágico. Costó la vida de quienes conducían en sentido contrario y las cuatro personas a bordo del coche que avanzaba correctamente luchan por sus vidas en el hospital. Iban rumbo al aeropuerto para viajar a una boda familiar en Inglaterra.
El acontecimiento grabado hace difusa la frontera entre realidad y fantasía porque aunque los espectadores saben que es cierto, su presentación lo hace aparecer como tráiler de una película de acción. La adrenalina compartida suscita la reacción inmediata de los consumidores y, si logra su apoyo entusiasta, es amplificado por los algoritmos creadores de fama. La promesa de volverlos extraordinarios justifica crímenes cuyo grado de riesgo determina el estatus del perpetrador.
Los chicos eran localmente conocidos como cercanos a una banda llamada Lucky Dip dedicada a asaltar estanquillos, robar coches y aterrorizar transeúntes. Más que por el dinero, sus actividades perseguían hacerlos notorios y temidos. Su identidad adolescente dependía de actos antisociales que en su imaginación les ganaría el reconocimiento del que carecían.
No estudiaban ni trabajaban. ¿Para qué? Estaban convencidos de que estudiar era una forma inútil de matar tiempo. Estudiar era como ilusionarse con la princesa que habita el castillo rodeado de un bosque de zarzas, pero lo único real son las espinas. En cuanto al trabajo, ni hablar. Eso pensaba Jack Kennedy en su cuarto apestoso a humedad.
Jack no era distinto de Jeremy, Alex, Joey y Kamil, sus compañeros a bordo del BMW desde el que hacían gestos obscenos a la policía, incapaz de detenerlos.
Ninguno de ellos estudiaba ni trabajaba. Eran “ninis” provenientes de hogares rotos, familias pobres con progenitores aturdidos o ausentes, circunstancias que parcialmente explican sus elecciones. Los policías se quejaban de la irresponsabilidad de los padres y estos acusaban a la policía de molestar a sus hijos en lugar de hacer su trabajo. Aspirantes al relumbrón del estilo promovido por las redes sociales, la única satisfacción inmediata es el crimen.
La jerarquía ascendente también existe al contrario, como una montaña reflejada en el lago. Hacia abajo la naturaleza del crimen define la relevancia del individuo. El asesinato tiene mayor prestigio que el robo. No es lo mismo robar una cartera que un banco. Tampoco es igual golpear brutalmente a un “homeless” en un callejón que cobrar una vida. Estos actos son escalones descendentes que definen el prestigio del infractor sobre el común denominador de la violencia promovida como valor. El mundo criminal se quiere “puro” en el sentido de que no hay nada que lo detenga, ningún miedo ante cualquier consecuencia. El valiente no teme ni siquiera la propia muerte que lo ronda invisible porque ni siquiera es consciente del peligro que corre. El valiente se sueña poderoso a través de la violencia que lo redime del anonimato, de la estrechez y la ignorancia, del desprecio del que es objeto y que se propone vengar. La venganza es estatus.
Alguno había intentado trabajar un verano. Pero no queriendo ser un pelagatos ni la burla de sus camaradas lo dejó. Él no era de los que viven viéndose las puntas de las chanclas. Él aspiraba a hacer algo extraordinario. De eso hablaban. Y lo lograrían. Asombrarían al mundo entero. Serían lo que todos aspiraban a ser.
El acto criminal tiene ese propósito de poner al valentón por encima de la ley que se ejerce sobre los inferiores, los cobardes. Pero también se realiza sin objetivo, también puede ser un acto gratuito, algo que se hace sin saber por qué, por pura efervescencia de la testosterona.
Las consecuencias psicológicas para las víctimas supervivientes carecen de importancia porque lo que sucede a los otros es secundario. La culpa no existe en un ámbito privado de compás moral. Además aprecian el pánico que distorsiona los rostros de sus víctimas. La vida destruida que jamás se recupera.
El final trágico de la aventura del 16 de agosto cuestiona la eficacia de la policía que no está entrenada para perseguir autos piloteados por jovencitos capaces de hacer cualquier cosa porque no calculan el riesgo. Pero también la ley que se pide modificar para que esos actos sean punibles con mayor rigor y por tanto la organización carcelaria de los menores de edad. Con ello los servicios estatales responsables de jóvenes cuyas familias no pueden hacerse cargo de ellos. Uno al menos había sido asignado a la agencia correspondiente y dos eran conocidos porque en algún momento habían estado a su cargo. La incompetencia de estos servicios no es nueva y Tulsa (así se llama en Irlanda la agencia gubernamental de protección a la infancia) ha estado involucrada en numerosos escándalos. La responsabilidad de los progenitores es también un asunto a considerar y hay quienes creen que deberían ser juzgados ante la ley. El mayor ingrediente de esta fórmula para el desastre son las redes sociales que promueven un estercolero paroxístico que urge someter a un marco legal. Hasta el momento las grandes compañías digitales han estado fuera del alcance de la ley promoviendo lo que llaman libertad de expresión que en la práctica es una ideologización robótica por la cual deben ser legalmente responsables de lo que promueven en sus plataformas. Al respecto, el arreglo de Meta en California por 18 mil millones de dólares es una oportunidad perdida. Pagaderos en 10 años si las otras compañías acceden a adoptar la negociación, el Estado y la sociedad civil han perdido la oportunidad para regular compañías cuyo poder para moldear el futuro es absoluto.
El acontecimiento del 16 de agosto abre la puerta a la necesidad de prevenir los crímenes en lugar de sólo reaccionar frente a ellos. Según el registro de la policía, 11 miembros menores de edad de la banda a la que pertenecían los occisos han sido acusados 427 veces por actos dolosos.
Días después en Inglaterra, el sábado 22 de agosto en Cleveland, dos oficiales murieron al ser embestidos por un VW Passat tripulado por cinco adolescentes que circulaban a alta velocidad en sentido contrario en una autopista. El acontecimiento asombra por su sombría reproducción.
Resulta injustificable que la minoría de edad sea un pasaporte para continuar impunes actividades delictivas. Alabados en las redes, estos crímenes son propuestos como la forma de ejercer un control que en realidad revela su vulnerabilidad y con ello su desesperada necesidad de revancha sobre la realidad aciaga para ascender en la jerarquía patibularia de las redes.