¿Quién se apunta?

  • Columna de Bruce Swansey
  • Bruce Swansey

Ciudad de México /

¿Listos? ¡Fuera!

73 y van contando…

El hombre aparece contrito. Todo lo que antes pasara desapercibido hoy subraya inadecuadamente su presencia. Siempre tuvo aspecto formal, la pulcritud impecable de un abogado que fue por lo que el electorado lo eligió. Un antídoto contra el caos conservador que siguió a la renuncia de Cameron hasta Truss, pero hoy parece al borde de ser succionado por el vacío de la catástrofe electoral.

El problema con el primer ministro no es que esté sordo, como le reclaman los electores cuya vida no ha cambiado, sino que además está ciego. Renunciar a la corbata y adoptar un estilo menos formal es admitir la necesidad desesperada de parecer más jovial y accesible. Ningún uniforme soluciona el vacío. Y el carisma no está a la venta.

“Si me hundo, se hunde el país”.

Es imposible saber el grado de verdad que hay en esta afirmación. Desde luego cambiar de jinete en medio de la carrera es una receta para el desastre porque desata el desorden de los mercados tan temido. Con una economía de escaso crecimiento los inversores reclaman estabilidad. Reemplazar por quinta vez en cuatro años al primer ministro sugiere no sólo inestabilidad sino también ingobernabilidad.

El siguiente día de la catástrofe es el de la cruda. Es detenerse frente al vacío. Es confrontar el odio masivo. Es sentirse como Humpty Dumpty después de caer del muro.

“Nacionalizaremos la metalurgia”.

Como eso ya sucedió lo urgente es continuar con el agua que en manos de intereses privados ha envenenado los lagos y ríos de Inglaterra. Fuera del número 10 de Downing Street, los periodistas velan a la caza de cualquier político.

“¿Caerá el primer ministro?”

Siguen sumándose. Cuatro ministros renuncian como parte de lo que desean sea un golpe de Estado efectivo. Algo semejante a lo que le ocurrió a Boris Johnson cuando se quedó hablando solo sin nadie a quien mandar.

“La pregunta no es si se va. Es cuándo”.

Según los quejosos dentro del laborismo, sobre todo entre quienes perdieron sus puestos, Starmer ya no cuenta con la confianza de la nación. Eso dicen los que todavía están aturdidos después del jaripeo electoral y quieren enderezar el rumbo del laborismo. La animosidad contra Starmer es desmesurada. Despojado de lo que le da integridad sonríe como si lo aquejara un cólico.

Starmer desearía conjurar la unidad que lo evade. Aparte de las vacilaciones y las decisiones equivocadas, la decepción nacional obedece a que no ha sido capaz de detener un ferrocarril a toda velocidad cuesta abajo. Le reclaman no ser Superman, sino un hombre honesto que hace lo posible para que la nación se recupere de 14 años de austeridad conservadora y del desastre de Brexit en medio de una situación geopolítica adversa y de la amenaza creciente de la extrema derecha que suele florecer históricamente en situaciones aciagas. Como lo sabe él mismo, desde la oposición es sencillo señalar los errores.

Entre otros, uno de los problemas del electorado es exigir lo imposible. Y a menudo son quienes menos contribuyen al erario los que más expectativas tienen. El rencor de quienes se creen con derecho de pedir sin considerar los límites del presupuesto no cesará con reemplazar a Starmer. Al próximo primer ministro le sucederá lo mismo. Hace falta examinar el mecanismo de la discordia que debe mucho a los medios sociales y la contracción de la atención de quienes ya sólo son capaces de considerar el rumor y la consigna.

La fragmentación seguirá su curso fuera y dentro del Partido Laborista hasta que encuentre una razón capaz de aglutinar el polen electoral. Cambiar el hábito por el uniforme de los políticos que desean verse ordinariamente contemporáneos sólo puede confirmar su pérdida de rumbo. El desconcierto comienza cuando ya no se sabe quién es eso que nos mira extravagante desde el fondo del espejo.

Ya no son sólo las mujeres almodovarianas quienes se encuentran al borde del ataque de nervios, sino también los partidos. Exhibirse en mangas de camisa, la sonrisa una mueca, le da aspecto de condenado al inodoro de la historia.

“El caos ha destrozado nuestro país”.

El resto tampoco ha salido bien librado, pero esta inconsciencia geopolítica le permite advertir al demonio en casa. Occidente está de nuevo en peligro. Hay militantes y diputados de Reform que creen que Mosley, el fascista británico de los 30, tenía razón. Según ellos los musulmanes son ratas. Creen en la supremacía de los blancos. La xenofobia no ha cambiado y el racismo habla con lenguas cuya antigua ponzoña renueva la incuria intelectual.

“En lugar de fomentar el rumor, entérense”.

Aparte de lo que Carlos III anunció al Parlamento como programa de gobierno, Starmer se aferra al puesto. Pero lo hace con ironía, agradeciendo a la oposición su cálida cordialidad. Nada mejor para enfrentar la adversidad que vestirse como es debido, traje azul marino, camisa impecablemente blanca y corbata. El hábito permite el humor.

Las apuestas sobre quién sucederá a Keir Starmer ponen en primer lugar a Andy Burnham, alcalde de Manchester, quien deberá ganar una elección local para retornar al Parlamento. También se menciona a Wes Streeting, el ex ministro de Educación y a Angela Rayner, quien ha aclarado su problema hasta hace poco pendiente con el fisco.

Al interior del partido hay que escrutar conciencias. ¿Quién quiere ser el ex futuro primer ministro?


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