En lugar del suburbio prometido como lugar ideal para familias trepadoras, las calles están vacías y las casas abandonadas a medio construir. Un hombre recoge herramientas abandonadas después de una razia de ICE (la organización paramilitar organizada para deportar masivamente indocumentados) apilándolas en una pick-up. “¿Dónde encontrar 9 mil manos así nomás?” Eso se pregunta el que fuera capataz y votara por el factor naranja porque, aunque no lo confiese, teme la competencia de nuevos inmigrantes que compitan por su trabajo. Lo que no se le ocurrió a Gutiérrez es que para el rubio de botica él y todos los latinos encajan en idéntico cajón, con o sin papeles. Basta con ser prieto.
Los latinos que dieron su voto al Partido Republicano son dignos de estudio porque como los hamsters, se abalanzaron en masa al precipicio de las detenciones en las escuelas, las iglesias, los restaurantes, en la calle, en sus casas, desaparecidos en gulags secretos, las familias desmembradas y aterrorizadas. Pero en 2024, 48 por ciento del voto latino fue para el Armagedón. A cambio han ganado la persecución indiscriminada. Antes de votar tendrían que haberse preguntado si en el colorímetro cumplían con las expectativas de una administración abiertamente racista.
El resultado de su voto ha diezmado la industria de la construcción, la hostelería, los servicios, ha encarecido el costo de la vida y favorecido a la familia presidencial con la oportunidad de hacerse con cuatro trillones mediante la corrupción en un grado jamás visto. Los 28 millones que la esposa del factor naranja se embolsó con su documental sobre sí misma como icono del Maga chic, la estética totalitaria del siglo XX transformada en kitsch, es el pico del iceberg de la fortuna que la primera familia de Estados Unidos ha amasado en sólo un año. El voto reaccionario tiene un precio que consiste en la autofagia. La lección ha sido duramente aprendida, pero el exceso irrestricto de la fuerza también tiene reacciones imprevistas.
El factor naranja ha declarado su apoyo a los partidos políticos de extrema derecha en Europa a los que define como “patrióticos”. Según el Armagedón son los que salvarán a la Unión Europea de perder sus valores y su identidad. Este apoyo los había envalentonado hasta que el factor naranja decidió que quería Groenlandia, un territorio asociado al reino de Dinamarca, país miembro de la OTAN. El resultado de esta exigencia ha sido contraproducente porque esos partidos “patrióticos” han coincidido en su crítica del anaranjado y su rechazo de su plan para anexar Groenlandia a los Estados Unidos. El atractivo de Maga ha sufrido un tropiezo serio entre correligionarios que reaccionan precisamente por motivos parecidos en términos de nacionalismo.
El otro resultado no previsto es que los eventos ocurridos en Mineápolis ilustran lo que sucede cuando se realiza una deportación masiva. Después de Mineápolis la defensa del etnonacionalismo se hace por lo menos discutible. Y esto es importante porque desde hace un año la discusión sobre la inmigración ha cambiado de foco. De procurar impedir la llegada de nuevos inmigrantes, el acento ha sido puesto en la “remigración”. El término significa que aun los inmigrantes legales deberían regresar a sus países de origen. Hace falta más que un pasaporte británico para ser inglés de verdad, ha dicho Mathew Goodwin, un político de Reform UK, cuya toxicidad merece el apoyo de Tommy Robinson, líder fascista de la machosfera. La cuestión para Europa es endurecer la anti inmigración a pesar de las consecuencias o aceptar la contribución de los inmigrantes a poblaciones con índices de natalidad menguantes y replantearse la estrategia de deportación.
En este contexto la regularización de 500 mil inmigrantes en España señala el rumbo a seguir. Pedro Sánchez, el primer ministro, en esto como en su iniciativa para regular el estercolero de las redes sociales, señala el rumbo que políticos como Starmer en el Reino Unido harán bien en seguir si desean evitar ser arrollados por la extrema derecha. ¿Desde cuándo respetar los derechos es radical?, preguntó Sánchez. ¿Desde cuándo la empatía se volvió excepcional? Y ojo: 25 por ciento del producto interno bruto proviene del trabajo y los impuestos de los inmigrantes.
Gracias al Armagedón, Europa es cada vez más consciente del peligro que implica no distanciarse de Estados Unidos y crear las alternativas que el nuevo desorden internacional exige. El reto para los partidos de izquierda, de centro y liberales consiste en aclarar a los votantes lo que significa abandonarse al reclamo etnonacionalista. Es una batalla que exigirá someter las redes sociales a las leyes que regulan cualquier espacio público de opinión, pero también es la proverbial espada de Damocles sobre los partidos tradicionales para que hagan menos demagogia y cumplan más responsablemente las promesas que los llevaron al poder. Las diferencias sociales son cada vez más descomunales y hay sectores que viven en la más abyecta pobreza. En una era caracterizada por la turbulencia electoral, nadie está a salvo. Sin esperanza y sin credibilidad, la democracia no puede sobrevivir.