La pieza documental dirigida por Diego Enrique Osorno no solo es recomendable para quienes anhelan el boxeo de los noventa o buscan conocer la vida de una de las figuras más populares de la cultura mexicana. La serie ejemplifica, entre otros valores, el principio ético de la máxima publicidad y la transparencia: una norma obligatoria para las instituciones públicas que también sirve como guía en la vida cotidiana. Una persona transparente suele tener la honestidad como práctica habitual.
En el terreno de la ética, la transparencia le cierra la puerta a la mentira y a la corrupción. Julio César Chávez no la ejercita por ser un ciudadano ejemplar, pero la vive, y esa es una de las mayores fortalezas del documental. Para nadie es desconocido que Chávez es una persona con adicciones en recuperación; el guión dedica un capítulo entero a esa etapa de su carrera y a su caída, pero a lo largo de toda la obra habla de la adicción con valentía y arrepentimiento, sin vergüenza ni ocultamientos. Así relata sus demonios y sus diálogos con “el diablo”, como él lo llamaba, al tiempo que confiesa que sus peores peleas fueron aquellas en las que, por estar consumiendo, no tuvo ni una hora de preparación.
Cuenta cómo su adicción lo alejó de su familia y le hizo perder dinero y contratos; incluso asume que, por ella, no logró convertirse en el mejor boxeador de la historia ni alcanzar las cien victorias invicto. Someterse a la máxima publicidad, transparentarse y colocarse en una caja de cristal, ya sea en una entrevista o un documental, resulta revelador porque, en términos boxísticos, le baja la guardia al rival: nadie puede criticarlo por sus adicciones o por no batir su propio récord cuando él es el primero en reconocerlo.
Ese acto de revelarse, en esencia, es una de las lecciones más valiosas de Chávez vs Chávez, donde queda claro que el rival más poderoso del campeón era él mismo. Transparentar estas facetas y vivir bajo este principio ético construye relaciones humanas más confiables, fortalece las instituciones y reduce riesgos tan dañinos para la sociedad como la mentira y la opacidad. En una época donde necesitamos que lo público sea de todos y se transparenten todas las intenciones, un ejemplo como el de Chávez resulta inspirador.