Ante sucesos globales tan impactantes no podemos quedarnos inmóviles, hay que reflexionar, actuar y, por lo menos, escribir. “No volverá a haber elecciones”, declaró el presidente Ortega en Nicaragua, quien desde hace algunos meses impulsó una reforma que creó la figura de co-presidenta para su esposa, con quien ahora comparte facultades; además, recientemente retiró permiso de litigar a miles de abogados como una medida para la sociedad civil. El argumento de decretar la muerte de las elecciones es que la oposición no puede llegar al poder porque eso sería un retroceso para el país.
La declaración en Nicaragua es la muerte de la democracia, de una forma de convivencia social que garantiza la libertad y la igualdad de todas y todos y pone en riesgo todos los derechos humanos. No hay otra forma de democracia que no pase por las elecciones; así se ha concluido durante décadas y siglos de filosofía y realidad política, Carlos Pereyra, un filósofo mexicano lo escribía así: “hay relación directa entre democracia política (formal o representativa) y las posibilidades de una vida social democrática”.
Sin elecciones no hay democracia y los acuerdos sociales y normativos que la sustentan. Sin elecciones las reglas que garantizan la protección de los derechos humanos como la libre asociación, la participación, el acceso a la información, el libre ejercicio de un trabajo, la igualdad de género, la igualdad de condiciones, el libre tránsito, la protección del medio ambiente, empiezan a estar sujetos a la persona que ostenta el poder. Sin elecciones el espacio deja de ser público y el bien, común. Esos son los riesgos del autoritarismo.
Las elecciones son el elemento más importante de una democracia, no solo por su función política de elegir representantes, sino su dimensión social de garantizar la transición pacífica del poder, abonar a la paz pública y, sobre todo, garantizar el contrato social de la garantía de los derechos humanos que no están a debate. Por eso cuando se habla de elecciones y presupuesto es complejo materializar la discusión, porque lo que garantizan las elecciones es intangible, quizá solo se pueda observar su valor en la ausencia, como lo veremos en Nicaragua dentro de unos meses. Mientras tanto en otras latitudes, sigamos consolidando cada vez más la dimensión electoral de nuestra democracia.