A la pepa, pepa y al pito, pito

Ciudad de México /

Una sola vez la vi y fue en una representación de Los monólogos de la vagina. Era la tercera ocasión que me recetaba esa obra y me pareció fabuloso que ella, una sexóloga divertidísima y sin pelos en la lengua participara del trabajo de Eve Ensler, la autora de la puesta en escena. Se llamaba Anabel Ochoa y era la encargada de señalar con la frase que titula la columna de hoy que en su programa de radio a las cosas se les llamaba por su nombre. Españolísima a pesar de llevar años en Mexicalpan de las Tunas, era una mujer que, dada su inteligencia, era capaz de hablar de sexo con la mayor naturalidad, como quien habla de remedios caseros o de crucigramas. Sin embargo se nos peló como Pedro Infante, pa´l otro lado, y el rocanrol del "setso", colorido y pizpireto, se fue con ella también.

Con la reciente ventilada que sufrió el morenazo de fuego Lenny Kravitz en pleno concierto al rompérsele el pantalón justo donde los topos tienen su guarida, la imagen de Anabel me ha vuelto a la mente. Ignoro si sea el esfuerzo de mi espíritu por exorcizar aquella imagen en la que el estuche de peluche de Kravitz se volvió viral, pero el legado de la Ochoa me ha devuelto la fe en la humanidad. Derivado del numerito de Lenny cualquier cantidad de cosas se han dicho y escrito, en especial usando eufemismos que disfracen o hagan jocosa la evocación del pene del cantante. Y de paso han puesto en evidencia la inclinación que como raza tenemos a lo escatológico, a lo sexoso y lo morbosón.

Hace muchos años llegó a mis manos un libraco de grueso calibre que ilustraba a gran color la evolución histórica de la sexualidad. Se titulaba "Erotica universalis" y mostraba imágenes tan antiquísimas como tradicionales. Desde el hombre de las cavernas hasta el de la cultura helénica, con todos sus afanes erotizados, erotizables y erotizantes. Falos, vaginas, senos, pubis, pelvis, todo un crisol de expresiones plasmadas en vasijas, piedras, lienzos y demás superficies. Fenicios, hebreos, egipcios, romanos, humanitas antiguos, medievales, modernos, todos por igual sometidos al arbitrio de la sexualidad. Nada nuevo bajo el sol.

Pienso en todo esto y en el hecho de que si la obra fuera actualizada hoy día, debería incluir por fuerza el decorado de los baños públicos. A punta de "ocupada ociosidad" en los sanitarios de ambos sexos (me cuentan que el de las "leidis" es tanto o más estridente que el de los caballeros) se siguen reproduciendo los afanes por expresar gráficamente algo que es tan propio como hablar o respirar. Aunque pienso que si no fuera así de velado dejaría de resultar tan recurrente como entretenedor. Francamente no me imagino en paredes grafitis sexualmente explícitos y mucho menos anuncios espectaculares afines.

Sin embargo, no deja de ser sintomático que a pesar de llevar más de tres mil años pensando (y ejerciendo) la sexualidad, siga siendo ese tabú que mueve al doble sentido y a la sorna más abyecta. Tal vez si Anabel Ochoa viviera se habría dado un entre con dos o tres ante el asunto de Kravitz. A fin de cuentas, diría, no es nada que cualquier mujer u hombre no puedan llegar a tener.

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