Bufetazos

Estado de México /

Luego de la enseñanza en materia de cultura del vino de mis cuatachos los sommelieres Óscar y Rafael Gómez Vega, suelo señalarlos como responsables de que este que escribe no sea un borrachuzo consumado. Ellos me enseñaron a beber menos y a beber mejor.

En una época en la que los alimentos abundan, debido a la gran demanda existente, en la que la oferta es amplia y variada, es latente el riesgo de hincar el diente, como diría Michael Pollan, a objetos comestibles con aspecto de comida.

Así como de perder de vista la importancia de elegir lo que nos llevamos a la boca, en especial cuando comemos en la calle. De comer menos y comer mejor. Por ello una apuesta habitual en el tema de la restauración es la de los bufets.

Oasis irresistibles para los paladares más cavernícolas y que tienen su cuarto de hora de fama mientras la tendencia lleva a los tragaldabas a caer con sus huesos en el lugar. Desafortunadamente, la ambición de entrarle a manos llenas a veces es proporcional a la calidad de la experiencia.

Cuando se asiste al encuentro con una bufetiza lo mejor que puede ocurrir es quedar saciado (a veces más de lo debido) para, luego del periodo de recuperación, considerar que fue grato el momento y bien vale la pena una nueva vuelta al lugar.

El problema es que algunas opciones dejan del lado el valor de la experiencia y van directo a tundir el hambre de los comensales. Los trucos son tan variados como evidentes: prodigar el menú con carbohidratos que suelen ser más baratos, inflar el precio de las bebidas y especular con la calidad proteica.

Si a eso se suma un trato inconsistente o defectuoso, se puede explicar la corta vida de un chiringuito así. Porque es evidente que se busca sacar la puerca del mal año creyendo que producto y servicio son encomiables, con un margen de ganancia establecido por el antojo y limitado por la capacidad estomacal de los parroquianos.

En la colección de libros para dummies debería haber un título sobre bufets que ilustre el problema y sus soluciones. Mientras ello ocurre, bien harían los interesados en documentarse sobre el valor de la calidad en el servicio.

Hay un título que estoy comenzando a masticar y que ilustra el sentido de la mejora permanente. Se trata de Hospitalidad irracional, de Will Guidara, y es una oportunidad de entender cómo el éxito llega de la mano de la calidez y la cercanía con el mercado. Ya habrá ocasión de ahondar en el tema, en tanto habrá que insistir en la máxima: un cliente satisfecho, además de recomendar, regresa.


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