Compilaciones gustativas

Estado de México /
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Las colecciones se me dan. Como quien precisa retos para finiquitarlos. Como el que ansía la búsqueda por la búsqueda misma. Y aunque habrá ocasión para ahondar en los repertorios, por ahora me centro en el más reciente: la colección de lugares para entrarle al pipirín a los que, según este comensal, no hay que volver. Joaquín Sabina sostiene haber comprendido en Comala que al sitio donde se ha sido feliz no debería regresarse. Aquí es a la inversa.

En días pasados mi compañera de tertulias pasionales y este fulano que escribe caímos con nuestros huesos en un sitio de tacos de guisado. En un tenderete de esos no hay más que esperar: sazón respetable, precios justos y atención debida. Nada extraordinario. Y fue en esta última donde las cosas se torcieron.

Al pedir un vaso de agua de frutas mediano y no uno grande, la confluencia de sabor y tamaño no estaba disponible, al menos no para la empleada. Ella insistía en que de esa presentación solamente había una alternativa, cuando la acción implicaba abrir un contenedor que tenía la porción entera y servir la mitad. Lo sobrante bien podría ofrecerse a otro parroquiano. El problema no es el detalle, sino haber evidenciado la incapacidad de la persona y el lugar para satisfacer una mínima demanda del consumidor.

Más allá del malestar ante la negativa, pareciera que nos hemos habituado a contentarnos con lo que hay. Que la ley del menor esfuerzo es una norma y que cualquier intento por salirse del esquema, brindar al comprador una atención esmerada y resolver su necesidad es propio de negocios reconocidos por guías culinarias. Y a veces ni eso. Insistí a mi acompañante que nada costaba al negocio hacer sentir bien a sus clientes y que, por el contrario, podrían ganar mucho.

Y aunque al final coincidimos, quedó claro que chiringuitos como ese, que con esfuerzos loables consiguen acreditarse, adolecen de una cultura del servicio. Semejante característica bien puede nacer de la visión reducida de su propietario, del temor a perder el margen de ganancia que se espera o, sobre todo, de la impericia del recurso humano que no dispone de criterio sólido para tomar decisiones. De esas que tarde o temprano impactan en la reputación del lugar y pegan en el nivel de consumo.

Ello sugiere hacer lo humanamente posible para tener contento a un cliente, algo que provoca que no solo regrese, sino que recomiende. Eso que con detalles nimios ilustra la capacidad o falta de ella en un negocio para tal fin. Luego de tantos años de tragaldabas, me he descubierto proclive a la colección de lugares a los cuales ir. Pero sobre todo a la de esos que merece la pena evitar. Y para un paladar voraz e hiperlactante las opciones para el segundo caso van engrosando la lista.


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