Dolencia de alta gama

Estado de México /
Únete al canal de Milenio

No cabe duda que aquella frase de poder acostumbrarse a cualquier cosa menos a dejar de comer es real. O como dirían mis compadres de Les Luthiers, no sólo es verídica, sino además es cierta. No importa cuánto suban las rentas, encarezcan los precios y eleven los servicios (en costo, que no en calidad), la única constante es hacerse a la idea de que el aumento en el costo de la vida es así.

Y peor aún, acentuado con ese término tan indecible como odioso llamado gentrificación. Lo que al principio sonaba para muchos como enfermedad rara se convirtió, de hecho, en un mal de estos tiempos. Y, paradójicamente, acabó trayendo beneficios para unos cuantos.

Es de sorprender la capacidad que tienen la sociedades para asumir los costos de la vida. Desde luego aquellas que se lo pueden permitir, con el consecuente impacto en el consumo, como comprar menos de lo mismo, buscar opciones más asequibles y adecuar actos como el entretenimiento a momentos ya no frecuentes, sino ocasionales.

Hace días traía el antojo de uno de esos roles de guayaba tan viralizados en Ciudad de México. De los que resultan casi incunables por el precio y por su obtención. Mi compañero de rutas gastronómicas, El Batán, y yo, nos habíamos rendido ante los placeres de una tremenda hamburguesa “smasheada”, cuando se impuso el deseo mochoso y encaminamos los pasos hacia la colonia Roma Norte.

El destino era una de esas panaderías que ha adquirido estatus de culto por la feligresía local y, en especial, por la raza extranjera, que cada vez más puebla esas calles, encareciendo con su presencia todo cuanto tocan, beben y comen.

Llegamos al sitio para encontrarnos con tremenda fila, ya no digamos para permanecer en el lugar, sino para llevar bebida o pan. Y para descubrir que los mentados rollos guayabescos estaban agotados. Así que acabamos comprando el chocolatín más caro de la historia, o al menos de nuestra historia como tragaldabas.

Y aunque estaba muy sabroso el panecillo, entiendo que la razón de su precio, la ausencia de rollos, la fila de espera, los entes güeros en banqueta e interiores y el latinaje en busca de experiencias, respondían con claridad a la mugrienta gentrificación.

El problema es mayor si se piensa que este ejemplo, con toda la superficialidad que conlleva, es la punta de un iceberg en cuyas profundidades yacen rentas excesivas, desplazamientos humanos y pérdida de identidades.

Una problemática que beneficia a pocos mientras priva del goce de espacios a quienes por años han vivido en los territorios enfermos de extranjería. Que no por global e inevitable deja de ser cruel. Y que por degradante y discriminatoria insulta la más elemental inteligencia.


Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite