Embrujos crónicos

Estado de México /
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De chaval escuché con frecuencia un disco grabado por el elenco de El Chavo del 8, que por alguna explicable razón llegó a la casa de mis padres. Fue tanta su reproducción que acabaron por grabarse en la mente sus historias, una de las cuales hablaba de ciertas hechiceras y de las consecuencias de caer en sus manos.

“Brujas hay que también te convierten en bache, en mango de sartén o en correa de huarache. En baba de caracol o en patín usado, en cronista de fútbol o en abogado”, así decía la letra, perenne en la memoria, en especial por uno de los castigos atribuibles a esas criaturas.

Para nadie es un secreto el riesgo al que se somete un espectador cuando desde la televisión escucha una vocecilla dando cuenta de los detalles que pasan mientras transcurre un partido de fútbol. De entrada, cabría preguntarse la razón de que alguien contara justo lo que miran los espectadores en la pantalla.

Nos hemos acostumbrado tanto a la sonoridad de las transmisiones que miramos a los cronistas deportivos como parte del paisaje mediático e incluso como un mal necesario. Y quizá por ello se asume que las cosas son así y no hay vuelta de hoja.

La ventaja es que se tiene un poder superior como espectador por el cual la disminución de volumen, el silencio absoluto, el cambio de canal o el apagado del aparato representan actos poéticos para acallar esas voces. En fechas recientes se ha vuelto útil cualquiera de esas alternativas con la señal de los partidos de la liga española.

Sky, empresa que ostenta los derechos para comercializarla en México, tuvo la genialidad de emplear a su staff de narradores sustituyendo la señal original. La idea, al final de la temporada pasada, trajo consigo la molestia de un sector del público.

Poner voces mexicanas en partidos ocurriendo del otro lado del Atlántico, en lugar de las originales, evidenció a locutores poco familiarizados con el entorno y sin timing ni feeling para dar cuenta de un fútbol como el gachupín.

A eso hay que sumar el sello particular que tiene la narración mexicana, tan proclive al grito, a las hipérboles, a los lugares comunes y a todos esos ingredientes heredados de la escuela Televisa, gracias a sospechosos comunes que durante décadas vociferaron durante las jugadas pamboleras.

Ignoro la razón de que poco o nada hayan variado los cánones de la crónica deportiva, pero ante tanto ejemplo en la sociedad del espectáculo bien podría acudirse a discursos menos dramáticos y más eficaces. En el que la sobriedad y el planteamiento simultáneo con la acción en el pasto sirvan para edificar y formar audiencias.

A menos que, como suele decirse, se juega al esférico de acuerdo al lugar de donde se es y, en definitiva, así es como se construye la voz que lo cuenta.


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