EnTrenAndo realidades

Ciudad de México /

Una de las cosas que se pierden quienes viven al amparo de las megalópolis son las sorpresas. Prácticamente nada los saca de su modorra cotidiana y muy poco les roba el aliento. Los urbanitas de las grandes ciudades se han habituado a lo inusual a fuerza de vivirlo de forma constante. De ahí que cualquier fenómeno por raro que parezca se vuelve ordinario y hasta insulso.

Esa debilitada capacidad de sorpresa es la que no acusa quien atestigua cambios desde una geografía menos atribulada. Y es justo la que llevó a asomarme al más reciente atisbo de posmodernidad que luce el paisaje tolucense. Y a poner mi humanidad en el flamante tren interurbano, más por razones profesionales que por otra cosa. Tenía en mente escribir del tema y era una canallada hacerlo desde la distancia y el desconocimiento.

Pasada la euforia propia de las primeras semanas (en que además de novedosa era gratuita la atracción), del atasque por el exagerado interés de la gente y habiendo abortado varias veces la misión, finalmente llegó el día. A mitad de un almuerzo dominical ensayé la propuesta con quien a la postre se convertiría en cómplice de aventuras ferroviarias.

“¿De veras?”, me dijo. “¡Claro, vamos!”, contesté. Y henos trepados en el bólido un rato más tarde. “Nerviocionados” es el término científico que nos definía mientras surcábamos los kilómetros que median entre la primera y la última estación. Y en el trayecto hablamos de la experiencia que ha cautivado a miles de parroquianos.

Resultó sorprendente lo impoluto del vehículo (salvo las notorias manchas en los asientos, producto del descuido de porcinos con ascendencia humana), el playlist orquestal reinante, el orden para que nadie se salga de lo esperado y la facilidad con que se lleva a cabo el show. Pero igual caímos en la cuenta de la brecha que separa al primer del tercer mundo.

Un medio de transporte que habrá de conectar dos puntos en casi 60 kilómetros y que representa la mega obra transexenal de la región, con un costo inaudito y el rezago de años, poco o nada tiene que hacer ante las infraestructuras del otro lado del charco. “Cuando hablemos de enlazar Mérida y Tijuana otra cosa será”, pensé en voz alta, mientras mi interlocutora coincidía conmigo.

La noticia es que debería ser sorprendente para todos, entes de la capital y de cualquier otro lado, el abismo que separa un mundo de otro. Aunque es probable que en esta tierra la anestesia del subdesarrollo nos haya habituado a no reparar en algo tan evidente como eso.


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