IQ

Estado de México /

Cuando Bart Simpson hace trampa en el examen de la escuela cambiando su nombre por el del más aventajado de su clase para salir avante de un momento para el cual no estaba preparado, aquel viejo episodio se nutría de la experiencia de ser tachado de genio y de la envidia, disfrazada de incomprensión, de quienes por razones del estatus quo no podían aspirar a ello.

La ñoñez es una de las palabras que me ha acompañado a lo largo de mi vida académica. Como alumno y como docente. Matado, decían en los viejos tiempos. Tetazo, en épocas recientes. Lo que no ha cambiado es el estigma de ser así. Desde luego, hay una gran diferencia entre machetearle a los libros y ser hábil con el asunto del conocimiento.

Hace un par de días uno de mis alumnos en la universidad me presumió haber hecho un test de cociente intelectual. “¿Sabe cuánto obtuve, profe?”, me dijo, a sabiendas de que el maestro intuía la respuesta. “¡130!”, remató. Es preciso decir que el personaje en cuestión acusa destellos de esa capacidad celebrada por la gran masa.

Luego de su presumible hazaña me quedé masticando el tema hasta ir dando forma a estas líneas. Y recordé la manera en que se ha romantizado el concepto de inteligencia, por lo general vinculado con los aptos para las ciencias exactas. Cerebritos, se les dice, en alusión al órgano que les hace sobresalir del promedio. Y que, como se ha podido observar en décadas recientes, sólo es una parte del intelecto.

A Howard Gardner se debe la idea de la multiplicidad de las inteligencias, sosteniendo además que todos en mayor o menor medida contamos con ellas (interpersonal, naturalista o espacial, por mencionar tres de las siete). Y a Daniel Goleman la posibilidad de sumar a ellas la de orden emocional, que eleva a grado de competencia la regulación de los impulsos del carácter y el temperamento.

Sé de algunas herramientas en la web que pregonan determinar el IQ de la gente con una prueba. Los psicólogos hablan de la complejidad de hacerlo, incluso con herramientas sofisticadas, por la imprecisión de los resultados. Y desde luego habrá quien dude de la fiabilidad de unas y otras. Sin embargo, me pregunto qué tan aventurado será conocer el resultado.

Si es alto, vaya nivel de arrogancia que se cargará el susodicho. Si es bajo, menudo golpe al ego, amén de la innecesaria confirmación pública del dato. Como sea, una capacidad superior o menor al promedio no demerita en absoluto el disfrute de la vida. Pero sí, apegándonos a las ideas de Gardner y Goleman, podría ayudar a vincularnos mejor con los demás.

Ello redundaría en mejores maneras de entender el mundo. Y en menos dramas tortuosos derivados de la incomprensión por ser corto en dedos de frente o una lumbrera negada para las relaciones personales.


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