Como dijera la españolísima Amaya, “no era mi intención hablar de amor, pero ya ves, me ha traicionado el corazón”, así me siento, pero en lugar de amor tengo en mente otra clase de demonio, como el fútbol. Ya se aplacaron los fifas que desayunan, comen y cenan balompié, y también los obsesos que iban por la vida arrastrando el mundialito con síndrome de abstinencia incluido. Así que va siendo la hora de hablar en serio del asunto.
Una tía abuela solía decir que se habían juntado Clavellina y Juan de Amor, cuando dos entes o entornos coincidían. Sabina y Páez cantan en el disco Enemigos íntimos: “Cuando se acuestan la razón y el deseo, llueve sobre mojado”, al referirse a eventos caóticos que dan al traste con la calma. Así opera la realidad cuando Infantino y compañía se reúnen para idear la manera de llevarse el mundo al baile.
Quién iba a decir que Joseph Blatter, el anterior presidente fifero, sería visto como alma de la caridad y persona bien portada ante la figura de Gianni, cuya ansia de poder sólo es equiparable a la de los grandes sátrapas de la historia. Si a ese personaje se suman otros tantos con fama de ambición desmedida, el caldo de cultivo es suficiente para anticipar desastre en el mercado y usufructo a manos llenas para los tiburones del emprendimiento.
Cuando el escritor Albert Camus sostuvo que todo lo que sabía de moral y obligaciones de los hombres lo debía al fútbol, no imaginaba el derrotero que habría de adquirir el deporte de las patadas. En especial, si la máxima entidad pambolera del orbe tiene la más pobre de las autoridades morales para decir nada sobre verdad y justicia. Eso quedó de manifiesto en la reciente competencia a punta de desvaríos demagógicos que percudieron la pelota.
Al respecto, Alberto Lati publicó en X: “Quisiéramos pensar que no es cierto ni posible que se venda la Copa del Mundo. Ilusos, también solíamos pensar que el futbol consiste en dos mitades divididas por un entretiempo (y no en cuatro cuartos), o que el descanso no podía variar duración según la relevancia del partido, o que las sanciones por tarjeta roja no eran negociables según el poder del mandatario que lo solicitara, o que el acceso y estadía a los países anfitriones para jugadores y árbitros estaban garantizados al conceder una sede”.
Y es que pretender que se abran las puertas de los mundiales al capital privado, en medio de tantos intereses en juego, lejos de evocar un escenario de bonanza para la disciplina es causa de suspicacia dados los montos referidos, los sospechosos comunes involucrados y la reputación que se cargan. ¡Ay, Blatter, estábamos mejor cuando estábamos peor!