El cine me gusta como pocas cosas. Aunque debo confesar que soy un pésimo cinéfilo, pues veo menos películas de las que debería. Ciertas tretas del destino se confabulan para ello, mi adicción al trabajo, la misantropía que me cargo y algunos prejuicios sobre las historias, actores o creadores e incluso sobre algunas salas de cine. En fin, uno es como es y aunque reconozco que me he perdido de oportunidades para disfrutar estupendas cintas, también es cierto que nunca es tarde para ver el cine que se tiene pendiente.
No obstante, amén de echarle un ojo a lo que aparece en el “Nesflis” o lanzarme inusitadamente al cinito, cada año desde hace algún tiempo me he hecho a la idea de acercarme a las pelis que suenan como candidateables para los Oscares o que ganan ese premio. Por cultura general, para estar al tanto de lo que se ha de hablar y para no caer definitivamente en las garras del anacoretismo crónico. Y aunque a veces las producciones no son como uno espera o como se han vendido a la raza, otras tantas sí terminan por sorprender.
Así sucedió con The departed, The king’s speech, Birdman y The green book, por mencionar algunas de las últimas cintas ganadoras de la estatuilla dorada que. Y también pasó con otras tantas que en distintas categorías me acercaron a veces a fuerza y otras voluntariamente a la gran pantalla.
Cuando escolapio cursé la materia Apreciación cinematográfica y recuerdo haber visto el mejor cine al que se podía acceder en aquellos años noventa. L’Atalante, Metrópolis, Tiempos modernos, Sin aliento, El último tango en París, en fin, una extraordinaria colección de títulos curados por el profe de la materia, un tipo clavadísimo en el asunto. No exagero si digo que en aquella clase tuve algunas de las horas más disfrutables que haya pasado frente a una pantalla.
Por eso, cada que vuelvo al cine lo hago con el deseo de sentirme sorprendido por lo que ocurre cuando las luces se apagan. La noche del pasado lunes, aprovechando una ocasión de inesperada quietud, caí con mis huesos en el “ciniestro”. Como muchos otros parroquianos, la inercia de los Oscares hizo recetarme Parásitos, la peli ganadora de la noche del domingo. El resultado fue una extraña sensación a medio camino entre el gusto de haber visto una buena cinta y la novedad de un cine al que poco se está acostumbrado.
No exagero si digo que algo así ocurrió con el resto de los asistentes, que salieron con cara de no-sé-qué-pasó-con-lo-que-acabo-de-ver, pero de que movió algunas fibras eso es un hecho. Supongo que de eso se trata este arte, de mover o mejor dicho de conmover, lo que significa movernos juntos. Por más que uno se haga el antisocial, argumente exceso de trabajo y le saque al riesgo de encontrarse con una mala película. Es un riesgo, pero de cuando en cuando creo que vale la pena.