Todos los placeres son efímeros, me soltó con su habitual implacabilidad mi amigo El Víc. Pues sí, pero hay algunos más que otros, respondí, mientras le daba un sorbo a la disfrutable brevedad de mi cerveza. Estábamos en dulce charla de sobremesa, como habría sugerido Gutiérrez Nájera, y entre malteadas de cebada y la banda sonora setenterísima que ponía el anfitrión, discutíamos sobre esos gustos instantáneos y poco durables que comienzan con la letra c.
Los andares escatológicos propios de ese campo semántico los dejamos un poco de lado, ante el pudor de La Guai, la tercera en concordia, con quien sí nos dimos vuelo haciendo todo un tratado de los ires y venires en materia culinaria. En nuestro rol de investigadores de campo con dilatada experiencia, hincamos el diente a los gustos conocidos y por conocer, destacando la importancia del paladar local como detonante de manjares que valgan la pena.
Hablamos de los menús pendientes y del imaginario en el que sitios de cuestionable calidad gozan de una reputación a todas luces injusta. Y también acudimos al encuentro con una de esas verdades que muchos quisieran ignorar o que reprueban por así convenir a sus intereses: pocas cosas superan el placer de comer en casa. Más allá de la conveniente ventaja financiera y del propio gusto de cocinar, hacer de este acto un ejercicio frecuente podría traer mejores horizontes al sabor.
Y no hablo de la cocina de todos los días, que de suyo tiene su peso específico, sino de los momentos en que se puede acudir al horno, a los cacharros de mayores dimensiones y a las técnicas que den vida a platos dignos de celebración. Es significativo que se tenga a la mano una creciente oferta de programas de televisión, series y documentales en línea relacionados con la cocina, y que ello no impacte en la manera en que edificamos la cultura de la mesa en este país.
El escritor Michael Pollan habla de ello en su libro Cocinar, cuando advierte la paradoja de pasar más tiempo frente a la pantalla y menos en los fogones. Pero va más allá al sostener como única vía para retomar el control sobre nuestra alimentación poner manos en la masa, en los ingredientes y en sus procesos. Es verdad que cada vez hay menos tiempo para dedicarlo a la preparación del pipirín, dada la vertiginosidad de la vida actual, pero también es cierto que el asunto ha redundado en comida cara, mala y con servicios deficientes.
Quizá si procuráramos de cuando en cuando volver a las cocinas en vez de salir por la papa y correr el riesgo de que la experiencia sea desagradable, podríamos mejorar la relación con lo que nos llevamos a la boca y de paso con los congéneres que rodean nuestra existencia. Algo así como una celebración de la vida humana con aquello que nos hace precisamente distintos del resto de los animales
Carlos Gutiérrez