La vida ofrece peculiares maneras de estimular la capacidad de sorpresa de sus huéspedes. Apenas se reponía la humanidad de la cruda de cierre de año, cuando los noticieros, esos espacios hambrientos de compartir historias estridentes, daban cuenta del arresto de Nicolás Maduro, el enemigo número uno de la democracia gringa.
Abducido, como se dio en llamar el procedimiento, Maduro fue víctima de su propia verborrea. Arengando a las huestes del Tío Sam, instó a que fueran por él si lo querían. Lo que quizá no imaginó el dictadorzuelo es que hay dos cosas con las cuales es mejor tener precaución: comer pescado y hablar. Ambas resultan espinosas y, abonando en la metáfora marítima, bien sabido es que por la boca muere y mata el pececillo.
En esas estábamos, crudos, ebrios o credos de emoción por el año naciente, cuando corrió como reguero de pólvora el chisme. Y no tardaron en brotar, cual maleza en el jardín, los internacionalistas convocados por los medios para ofrecer su perspectiva del tema. Que si habría tensión en América Latina, que si la derecha ponía las barbas zurdas a remojar, que si habría invasión norteamericana, que si las arañas.
Lo único cierto hasta ahora es que el venezolano mordió el polvo y puso al gallinero mundial a elucubrar cualquier cantidad de barbaridades, que en época de posverdad caen en terreno fértil por muy disparatadas que sean. Una de las más frecuentes tiene que ver con el petróleo de ese país. Al respecto, un parroquiano en redes sociales sugirió que ni chinos ni rusos habían andado por allá buscando la receta de las arepas.
Más allá de suspicacias y ocurrencias hay una realidad, el escenario está tan empantanado porque residen en él los intereses de muchos sospechosos comunes cuando de pelearse el pastel global se trata. Si a ello se suman guerrillas, ejércitos paramilitares y demás impresentables, el caldo de cultivo es propicio para una hecatombe de enormes magnitudes.
Pero hay una hipótesis que también ronda y tiene que ver con el supuesto acuerdo para que todo ocurriera de la forma quirúrgica en que pasó. Porque para nadie es un secreto que el numerito no pudo haber sucedido sin contar con una pequeña ayuda de amigos al interior y porque el angelito dictador llegó muy campante a Nueva York e incluso se dio el tiempo de desear hapiniuyir a quienes esperaban su arribo.
Como el mundo es ese gran circo al que acuden mucho para entretenerse, sin duda es motivo de morbo y hasta de chacota, como sucede con el tren del mame de las redes. El problema es que la rebatinga de esa parte del planeta puede llegar a poner en jaque a quienes usualmente quedan desprotegidos y a merced de los amos de la tragicomedia fársica, es decir, los ciudadanos de a pie.