Youtubismo

Estado de México /
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Llevo varias semanas sin encender la televisión. O al menos sin echar ojo a ese aparatejo como tal, con sus canales abiertos y cerrados. Primero, porque las ligas deportivas de élite aún no comienzan actividades; segundo, porque fuera de algunos conceptos culinarios no encuentro nada valioso en lo que invertir el tiempo. Y, tercero, porque hace rato que decidí mantenerme alejado de la basura que ahí se proyecta.

No descubro nada nuevo si digo que, entre más opciones al alcance, la cantaleta de que no hay nada por ver en la caja (pantalla) idiota sigue vigente. Peor aún, los vicios de la vieja escuela se acentúan, incluso ante el peligro de que el nicho de mercado se debilite y nada más cierto sector generacional se mantenga fiel a sus “contenidos”.

Y, además de que sus formatos se estancaron hace mucho, se sigue apostando por los espacios noticiosos como ganchos para conservar audiencias. En ellos, la preferencia de la gente por las notas amarillistas y las referencias que apuestan al morbo como motor de atención, continúan dominando los programas en donde lectores de textos se jactan de hacer periodismo.

Ante tal coyuntura, considero necesario decirlo. Soy un entusiasta de YouTube. Cada que me es posible acudo con ánimo a ese canal de videos por el que pasan los años y, a diferencia de la “telera”, sigue siendo rentable. Al mismo tiempo, suelo ignorar las plataformas de streaming y, por sobre todas las cosas, paso de largo de cualquier canal de televisión.

Comprendo que mis hábitos nos son la norma. Que la gente de mi edad y menores le entran a las series o las pelis y que los mayores pertenecen a un sector cautivo de la tele de toda la vida. Pero por más que lo intento ni una ni otra opción me convencen. Y aunque en el canal de videos hay espacio para contenidos prescindibles, muchos, también es un sitio en el que con regularidad aparecen recursos que hacen valer la pena.

El riesgo, como ocurre en tiempos de entornos digitales, es caer en las garras del hoyo de conejo y descubrir que han pasado las horas haciendo zapping y escroleo, con el pretexto de dar con un material merecedor de atención. Pero más allá de eso y de la lluvia de anuncios que implican no granjearse una versión premium de la plataforma, me sigue pareciendo, con diferencia, menos pernicioso que las opciones restantes.

Ignoro si, llegado el momento, acabará por colmar mi paciencia como pasó con otros medios, pero sí asumo que hay más seres, como este fulano que escribe, que encontraron en dicho canal refugio a la incompetencia de los hacedores de historias de siempre. Y también a la voracidad de quienes diversificaron las propuestas para capitalizarlas, volviendo incosteable la suscripción y humanamente imposible todo su consumo.


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