Crisis de la verdad

  • Prospectivas
  • Carlos Iván Moreno Arellano

Jalisco /

La verdad y la evidencia están en crisis. Un ejemplo paradigmático es el suceso ocurrido en Minneapolis, donde Renne Good, una madre de familia, fue abatida por agentes del ICE. El hecho es indignante; la evidencia clara: hubo uso excesivo de la fuerza letal. Sin embargo, la respuesta de las autoridades de Estados Unidos, a pesar de una avalancha de videos que muestran lo contrario, es crear una narrativa de que Good es una “terrorista doméstica”.

Mentir no es igual que engañar. Hannah Arendt, en Verdad y mentira en la política, reflexionaba que “la mentira siempre presupone la existencia de una verdad que intenta suprimir.” Es decir, el mentiroso todavía juega dentro del campo de la verdad. La reconoce como algo incomodo, pero real. El que engaña va más lejos. No solo oculta la verdad, la vacía de sentido. No hay hechos relevantes, solo narrativas útiles. Harry Frankfurt, en su celebre ensayo On Bullshit, lo enfatiza: “El mentiroso se preocupa por la verdad, el charlatán no. A este último simplemente le es irrelevante.”     

Sostener una falsedad frente a la evidencia es una forma de imponer dominio sobre la realidad compartida. La verdad deja de ser un límite ético: lo decisivo ya no es lo ocurrido, sino quién logra imponer su relato.

Este peligroso desplazamiento ocurre en una época en la que la desvalorización de la verdad se ha vuelto más intensa, exacerbada por la IA y las **deepfakes: imágenes, textos y narrativas que imitan lo verdadero sin estar obligadas a serlo. La abundancia informativa no ha fortalecido el debate público; lo ha saturado. Yuval Harari lo llama “la idea populista de la información”: aquella que niega la existencia de una realidad objetiva y compartida. Cuando la verdad se privatiza, cada quien tiene la suya. Cuando la frontera entre lo verdadero y lo falso deja de importar: el poder se convierte en el único criterio de lo real.

En este escenario, la universidad tiene una responsabilidad insustituible. A lo largo de su historia, ha sostenido que la verdad debe fundarse en la razón; no en el poder. Su misión no es producir relatos convenientes, sino defender la verdad como un fin en sí mismo, aunque incomode. Sin ese compromiso la vida democrática se vacía. Allí donde la verdad deja de importar, la razón cede su lugar a la fuerza.


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