La crisis actual consiste en que hemos perdido la capacidad de demorarnos, de prestar atención plena”, escribió Byung-Chul Han en Vida contemplativa. Pocas frases describen mejor el desafío educativo de nuestro tiempo. En una sociedad que premia la multitarea, sostener la atención se ha vuelto un acto de resistencia.
Pensé en ello al leer el reciente discurso de Jonathan Haidt ante jóvenes graduados universitarios. El mensaje fue simple, pero profundo: cuiden su atención. Aquello a lo que prestamos atención, dijo, termina moldeando lo que somos. Haidt habló como psicólogo social, pero sobre todo como profesor. Como alguien que entiende que educar no consiste solo en transmitir información. Para eso están YouTube, Google o ChatGPT. La tarea más importante de la docencia es otra: ayudar a distinguir aquello que vale la pena mirar, pensar y comprender en medio del ruido permanente.
La batalla educativa del siglo XXI es la batalla por la atención. El estudio Navigating the Future de la Universidad de Cambridge, realizado en más de 150 países, confirma la magnitud del problema: 88% de los docentes percibe que la capacidad de atención de sus estudiantes se está reduciendo drásticamente, erosionando la capacidad de entender y profundizar en temas complejos.
Pero no solo estamos perdiendo la atención, sino la capacidad de permanencia. Permanecer frente a una idea difícil; frente a una lectura larga o una conversación incómoda. Frente al silencio. La economía digital premia el impulso; la educación exige pausa.
El mejor docente no será quien compita con la IA en velocidad, precisión o acumulación de información. Esa carrera ya está perdida. Lo será quien logre algo mucho más difícil: provocar preguntas, despertar curiosidad, enseñar a pensar con calma, a mirar con profundidad. En ese sentido, las maestras y maestros se vuelven los actores más importantes de esta disputa civilizatoria. Porque enseñar hoy implica defender la posibilidad misma de la reflexión; es defender la conversación frente al scroll infinito.
Al final, el mejor docente del presente y del futuro será aquel capaz de producir ese pequeño milagro contemporáneo: que el llamado de la pantalla no se imponga sobre el llamado del conocimiento. Recuperemos la atención.