La universidad: ¿entrenar o educar?

  • Prospectivas
  • Carlos Iván Moreno Arellano

Jalisco /

Entre la policrisis que atraviesa la universidad global, la más profunda es la de propósito. ¿Para qué ir a la universidad?, se preguntan con frecuencia los jóvenes. Para muchas y muchos, la crisis universitaria cabe en una frase: “ir a clase es una pérdida de tiempo”. No es anécdota; es diagnóstico. Lo recogió el diario El País al documentar el ausentismo en aulas europeas. Pero la escena es universal: la universidad deja de ser, para muchos, una buena inversión de tiempo.

En México, el dato incomoda: 30 por ciento abandona la universidad el primer año. Son 280 mil jóvenes cada ciclo. Llamarlo “abandono” es un eufemismo complaciente: no se van, los expulsan las inercias. Un modelo que no los convoca, que no dialoga con su tiempo ni con sus expectativas.

Es desfase es cotidiano. “Dos horas de traslado para escuchar a alguien leer diapositivas”, cita El País a una joven de una universidad catalana. Podría ser cualquiera en el mundo. Un aula pasiva que compite y pierde. Si la lógica es solo transmitir información, ¿qué ventaja hay frente a lo digital? La supuesta apatía es, en realidad, una forma de lucidez: los estudiantes identifican cuando su tiempo no está siendo aprovechado.

Conviene recordar al gran profesor Woodie Flowers, del MIT: entrenamiento no es educación. El primero transmite información y procedimientos; la segunda forma criterio, juicio y propósito. Educar exige fricción, diálogo, incomodidad intelectual. Hoy, demasiadas aulas ofrecen solo transmisión: simple entrenamiento disfrazado de formación.

La falta de interés se alimenta de un aula que agoniza en la simple recitación de contenidos: el docente habla y el estudiante -en el mejor de los casos- apenas escucha. Urge volver a Sócrates: a la pregunta que engancha, al diálogo que incomoda, a la lectura profunda, a la idea que se construye en común.

La universidad no puede ser un repositorio de contenidos, sino un espacio de pensamiento vivo. Especialmente en una era en la que el pensamiento se esta delegando a la IA.

La decisión es impostergable: o la universidad cambia lo que ya no funciona, o seguirá perdiendo a quienes debería formar. No es un ajuste menor. Es un rediseño profundo. Y el tiempo, ese valioso recurso que los estudiantes ya no están dispuestos a regalar, se agota. 


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