Los premios Nobel siempre han sido una celebración del pensamiento. También son un elogio a la universidad. Ante la hiperactividad y la tiranía de la inmediatez que caracterizan nuestra era, los Nobel nos recuerdan dos características fundamentales del avance científico: la tenacidad y la paciencia.
Detrás de algunos galardonados este año hay historias excepcionales. Francis Halzen, de Física, convirtió un gigantesco bloque de hielo en la Antártida en un telescopio capaz de detectar neutrinos, partículas casi imposibles de atrapar. Su proyecto parecía una locura. Él mismo reconoció que, de haber anticipado todas las dificultades técnicas, nunca lo habría intentado.
Cuando le preguntaron por el azar que acompañó su hallazgo, respondió: “A menos que te atrevas, no puedes tener suerte”. Persistencia y tenacidad, más que genio milagroso.
El caso del Nobel de Medicina no es menos fascinante. Quienes estudiaban cómo diminutas algas reaccionaban a la luz abrieron el camino para controlar neuronas mediante estímulos luminosos. Buscaban comprender un organismo unicelular, terminaron revolucionando nuestra comprensión del cerebro humano.
Estos logros tienen algo en común: la serendipia. Ese encuentro inesperado entre el azar y una mente preparada. La suerte importa, pero difícilmente encuentra a quienes no persisten en la búsqueda.
La paciencia es la otra gran protagonista. En 1978, Robert Hall publicó uno de sus trabajos más influyentes sobre consumo y expectativas. Contribución que ayudaría a entender cómo decisiones económicas individuales afectan variables macro: la inflación, el crecimiento, las recesiones. Pasó casi medio siglo para que, a sus 83 años, recibiera el Nobel de Economía. A veces, las mejores recompensas llegan cuando menos se esperan. Su historia nos recuerda que el conocimiento tiene tiempos distintos a los del productivismo actual.
La misión de la universidad no es ganar premios Nobel, pero sí formar personas para abrazar la incertidumbre y el cambio; con curiosidad intelectual sin utilidad inmediata; con disposición a equivocarse para volver a empezar. Que cultiven el escaso hábito de la paciencia, la pausa y la reflexión. Parafraseando a Byung-Chul Han, sin tiempo para pensar, ninguna revolución científica es posible.