La frase apareció en redes tras el partido contra Inglaterra, como sentencia histórica: “jugamos como nunca, perdimos como siempre”. La expresión es ingeniosa y amarga, pero este equipo demostró que también es falsa.
Toda derrota duele, pero hay una distancia enorme entre perder un partido y confirmar un destino. México cayó frente a una potencia mundial, pero no, esta vez no perdimos como siempre.
Hay algo distinto en esta generación. Juega en equipo, no busca la gloria de las individualidades. No se achica. México pudo -y quizá debió- ganar. No fue una “derrota digna”, en el sentido condescendiente del consuelo. No fue el pequeño aguantando al gigante. México compitió de igual a igual, por momentos fue mejor y estuvo cerca de eliminar a Inglaterra.
Es revelador que parte de la comentocracia hablara de una eventual victoria mexicana como “hazaña”. La palabra dice más de nosotros que del futbol. Una hazaña es lo extraordinario, lo improbable: David venciendo a Goliat. Pero yo y millones vimos otro partido, uno donde México dominó con gallardía. Ganó Inglaterra, pero celebró como quien acababa de salvarse. Jude Bellingham dejó el alma y lágrimas en el Azteca. La hazaña, como reportó la prensa europea, fue de ellos.
El Mundial volvió a recordarnos la narrativa que México se repite sobre sí mismo. Antes de jugar ya nos asumimos inferiores; si competimos, nos sorprendemos; si ganamos, hablamos del milagro; si perdemos, desempolvamos la sentencia de siempre.
Las sociedades viven de sus relatos compartidos. Daniel Coyle, en The Culture Code, sostiene que los grandes equipos no se explican sólo por el talento, sino por la cultura que construyen: seguridad, vulnerabilidad, propósito compartido. Una cultura fuerte admite errores sin convertirlos en identidad: “fallamos”, no “somos un fracaso”.
El anhelado quinto partido dejó una amarga derrota y la esperanza fallida del “¿y si sí?”. Pero también una verdad inobjetable: México, a pesar de su mediocre liga, es potencia futbolística. Está en el top 10.
Nuestro futbol tiene mucho que cambiar para que los triunfos dejen de ser hazañas, pero también nuestra narrativa sobre la inevitabilidad de la derrota. Las culturas cambian cuando cambian las historias que se cuentan sobre sí mismas. Y es hora de cambiar la nuestra.