Piense y hágase rico

  • Prospectivas
  • Carlos Iván Moreno Arellano

Jalisco /
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Si lo piensa, lo puede lograr. Todo está en su mente. Usted es el empresario de sí mismo. Si quiere ser rico, exitoso y feliz, desarrolle una “mentalidad de tiburón”. Suena bien y vende mucho, pero es mentira.

La felicidad se ha convertido en una obligación. También en una multimillonaria industria editorial. La fórmula del éxito (el suyo) la descubrió Napoleon Hill en 1937, cuando publicó Piense y hágase rico, en plena Gran Depresión. Su promesa era irresistible: cualquiera podía alcanzar la riqueza si la deseaba con suficiente intensidad. La pobreza no era tanto un problema de circunstancias como de actitud. El libro ha vendido más de 100 millones de ejemplares.

El mito meritocrático sigue. Basta con madrugar a las cinco, pensar positivamente o cultivar hábitos atómicos. Siguiendo el manual, la felicidad es garantía. Si fracasa, es porque no se esforzó lo necesario. O compró el libro equivocado. La fórmula comercial es brillante: convencernos de que somos insuficientes y vendernos después la receta para dejar de serlo.

El esfuerzo individual importa, por supuesto. El problema es cuando no se equilibra con el peso del contexto: familia, recursos, azar. Surge el self-made man. Ese que no le debe nada a nadie. El que deja de verse como parte de una comunidad y todo lo reduce al cálculo utilitario. Pero esta narrativa esconde una trampa: si todo éxito es mérito individual, el fracaso también es culpa personal. La desigualdad ya no es un problema colectivo; es una deficiencia de carácter.

Irene Vallejo, en su artículo de El País, desnuda el embuste de quienes comercializan el estoicismo como fórmula infalible para triunfar. Los filósofos estoicos enseñaban a distinguir aquello que podemos controlar de lo que escapa a nuestra voluntad. No prometían riqueza ni éxito. Por el contrario, afirmaban que: “Hay que abstenerse de buscar riquezas fuera de uno mismo”.

El mayor daño de esta tiranía del mérito es que trasciende los anaqueles de autoayuda en las librerías, y representa el brazo más cursi del neoliberalismo que predica que la competencia vale más que la solidaridad, el individualismo más que la comunidad y la autosuficiencia más que la gratitud. A la universidad le corresponde desmontar ese mito meritocrático y recordarnos que nadie se hace a sí mismo. 


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