Recuperar el futuro

  • Prospectivas
  • Carlos Iván Moreno Arellano

Jalisco /

Cuando el futuro se percibe como amenaza, las economías comienzan a estancarse. No toda desaceleración económica nace de la falta de recursos. A menudo surge de algo más intangible y corrosivo: el pesimismo. La revista The Economist (17/01/26) muestra datos preocupantes: en 27 países desarrollados la mayoría de las personas piensa que la vida de las nuevas generaciones será más difícil y que el sistema está sesgado en favor de los ricos. La economía mexicana no es ajena a esta epidemia global de pesimismo.

George Akerlof y Robert Shiller, ambos premios Nobel de Economía, lo explicaron en su libro Espíritus animales: esas emociones y expectativas que influyen tanto como las tasas de interés o el gasto público. Cuando domina el miedo, hogares y empresas aplazan decisiones, retraen la inversión y reducen el riesgo. No porque los datos lo indiquen, sino porque la confianza se evapora. Una economía que se frena por desánimo, no por escasez.

Cuando amplios sectores perciben que el esfuerzo ya no garantiza movilidad, el incentivo para emprender -en un negocio o en una carrera universitaria- se debilita. Thomas Piketty ha mostrado cómo la desigualdad no solo concentra riqueza, también desesperanza. El pesimismo deja de ser individual y se vuelve colectivo.

Este clima no surge del vacío. Los grandes relatos de progreso que marcaron al Siglo XX se erosionaron, sin que fueran sustituidos por horizontes creíbles. Todo lo contrario, vivimos una policrisis global: violencia, polarización y debilitamiento institucional. Para millones, el futuro dejó de ser promesa compartida, para convertirse en fuente de ansiedad.

El impacto en la educación superior es directo: si el futuro se percibe incierto, estudiar deja de ser un proyecto de vida y se vuelve una apuesta frágil. Cae la matrícula y crece el abandono; se rompe el vínculo entre formación, expectativa y propósito. No es falta de talento; es falta de horizonte.

La salida no es un optimismo ingenuo. Es más exigente: recuperar una confianza lúcida, fundada en pensamiento profundo y en el carácter. Como advertía Gramsci, es combinar el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la voluntad. Y ahí, la universidad tiene un papel irremplazable: construir nuevos relatos para que el futuro vuelva a ser imaginable.


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