Reinventar la escuela; evitar la polarización cognitiva

  • Prospectivas
  • Carlos Iván Moreno Arellano

Jalisco /
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Por más de dos mil años el núcleo de nuestra identidad como humanos fue la inteligencia y el conocimiento: nuestra capacidad de razonar, aprender y crear. Eso cambió radicalmente con la inteligencia artificial. Ya no somos el único ente capaz de producir conocimiento, resolver problemas o generar ideas. El célebre “pienso, luego existo” de Descartes adquiere un significado completamente distinto, uno que apenas comenzamos a comprender.

Estamos ante un profundo cambio cultural. Y también ante la necesidad de un profundo cambio en la forma de entender la educación. La escuela y la universidad ya no pueden organizarse alrededor de la memorización, la evaluación de respuestas o la jerarquización de la inteligencia. Su misión será cultivar algo mucho más escaso: el esfuerzo mental, la voluntad de aprender y el carácter para enfrentar problemas complejos.

Si no lo hacemos, estaremos incubando una nueva forma de polarización: la cognitiva. Una brecha entre quienes utilicen la IA para ampliar sus capacidades intelectuales y quienes la empleen para sustituirlas.

El periodista David Brooks lo dice con claridad en su artículo Las personas que prosperarán en la era de la IA: el rasgo que más distinguirá a los individuos ya no será el talento innato, sino su disposición a buscar el reto en lugar del atajo. Cuando una herramienta puede entregar respuestas en segundos, la verdadera educación no será la optimización de resultados, sino el énfasis en los procesos y el esfuerzo mental.

La tecnología no es el problema. El reto es la relación que construimos con ella. Algunos usarán la IA para explorar mejores preguntas, contrastar argumentos y profundizar su comprensión. Otros se acostumbrarán a aceptar la primera respuesta disponible, delegando poco a poco su esfuerzo intelectual. 

La transformación no es tecnológica, sino de misión educativa: desarrollar las capacidades para la concentración, la curiosidad, el juicio, la perseverancia y la autonomía intelectual. John Dewey lo dijo hace 100 años: “la actitud más importante es el deseo de seguir aprendiendo”. Esa frase nunca había sido tan vigente. El futuro no pertenecerá a quienes sepan más, sino a quienes conserven el hábito de pensar cuando ya no sea estrictamente necesario hacerlo.


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