Tecnología educativa al servicio del pensamiento

  • Prospectivas
  • Carlos Iván Moreno Arellano

Jalisco /
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Soy hijo de la escuela pública. Mis mejores experiencias académicas, desde la primaria hasta la universidad, no tuvieron nada que ver con una pantalla o un dispositivo tecnológico. Fueron producto de un gran profesor, un gran libro e innumerables conversaciones entre compañeros.

Tuve la fortuna de obtener una beca para estudiar en Estados Unidos que me llevó a visitar Harvard, la universidad privada más rica del mundo, para participar en un congreso. Corría el año 2005. Cuál fue mi sorpresa al descubrir que la tecnología de sus aulas se limitaba a un proyector, una enorme pizarra verde de piso a techo y gis. Sí, el mismo gis que usábamos en la Secundaria Técnica 44. 

La mesura y protección frente a la excesiva tecnologización estaba a la vista desde hace al menos una década entre sus propios creadores. Gates, Zuckerberg, Musk, Pichai y otros tecnobillonarios reconocieron públicamente que imponían límites estrictos al uso de pantallas con sus propios hijos, mientras sus compañías capturaban la atención de niñas, niños y jóvenes en el resto del mundo.

Esa ironía se vislumbra hoy en el corazón de Silicon Valley, donde la Waldorf School, a la que asisten los hijos de ingenieros y ejecutivos tecnológicos, prohíbe los dispositivos electrónicos en sus aulas. Aquellos que conocen mejor la tecnología y sus riesgos son también los que buscan escuelas con menos pantallas y más libros.

Los sistemas educativos que encabezaron la apuesta tecnológica están rectificando. Suecia hoy destina cientos de millones de dólares para recuperar materiales impresos. Dinamarca invierte nuevamente en libros físicos; y universidades como Harvard o Cambridge vuelven a privilegiar los ensayos a mano para reducir el uso indiscriminado de IA y favorecer el pensamiento propio.

Después de años atribuyendo poderes casi milagrosos a la tecnología, el péndulo regresa. Las escuelas vuelven a apostar por aquello que ninguna pantalla puede sustituir: docentes que inspiren, lectura profunda, conversación cara a cara, concentración sostenida y capacidad de argumentar. La tecnología puede potenciar todo eso, jamás reemplazarlo.

Las mejores escuelas no son las que más pantallas tienen, sino las que saben cuando apagarlas. Y esa es quizás la mayor innovación educativa.


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