¿Qué buscamos cuando traemos al presente los grandes relatos de la humanidad: una fotografía del pasado o un espejo para mirar lo que somos hoy?
Hace una semana se estrenó La Odisea dirigida por Christopher Nolan. Desde el primer avance apareció el reclamo por su “falta de fidelidad histórica”. El reclamo resulta absurdo.
Exigirle exactitud arqueológica a un mito es ignorar que los grandes relatos persisten por su capacidad de no permanecer intactos: se reinterpretan, migran, cambian de lengua y de rostro. La Odisea sigue viva porque cada generación encuentra en ella sus conflictos y contradicciones. Nolan logra tocar los nuestros.
En su Odiseo encontramos a un hombre atormentado por la devastación de la guerra de Troya: en la búsqueda de la gloria, recurre al engaño del celebre caballo y, con ello, los aqueos terminan por quebrar ese pilar que sostiene la civilización: la confianza en el otro y el respeto al extraño. La decapitación de la diosa Atenea es la muerte de la razón: “Quemar los muros de Troya fue quemar el mundo entero”, reconoce.
El planteamiento de Nolan toca una fibra profunda: la civilización depende de una confianza mínima en el otro, especialmente en el desconocido. Cuando esa confianza se rompe el otro se convierte en amenaza. La barbarie comienza en el instante en que la sospecha sustituye al reconocimiento y la agresión se vuelve una opción. Odiseo también nos interpela al mostrarnos que, eventualmente, “los otros” lo somos nosotros mismos.
Nuestra época ofrece ejemplos de esa fractura, desde la violencia cotidiana de las redes, donde el desacuerdo se responde con agravios, hasta los conflictos geopolíticos. Quizá su expresión más inquietante sea el avance del temor al diferente, convertido en odio, persecución y violencia hacia el migrante. Durante el primer año del segundo mandato de Trump, la tasa de muertes bajo custodia de ICE aumentó 140%. Todos estos sucesos comparten una misma degradación: la incapacidad de reconocernos en el otro. Cada vez que el extraño se convierte en enemigo, la civilización retrocede y los muros de Troya vuelven a derrumbarse.
Leeré de nuevo La Odisea, de Homero, no para recordar qué pensaban los griegos hace 3 mil años, sino para verme en el espejo de lo que como civilización vivimos hoy.