Universidad para transformar, no para excluir

  • Prospectivas
  • Carlos Iván Moreno Arellano

Jalisco /

Todo tiempo pasado fue mejor, se dice. Ya el poeta Hesíodo, hace 2 mil 700 años, lamentaba vivir en una época menos noble que la anterior. Durante siglos, esa percepción pudo entenderse como simple nostalgia. Hoy, sin embargo, los datos obligan a preguntarnos si detrás del lamento generacional existe un problema real en la educación.

Según The Economist, en los países desarrollados se ha duplicado, en poco más de una década, la proporción de universitarios con bajos niveles de alfabetización. En Estados Unidos, pasaron de uno de cada veinte a uno de cada siete; en habilidades numéricas, casi uno de cada cinco. El dato más inquietante: cada vez más estudiantes universitarios no alcanzan el nivel de comprensión esperado para un adolescente de 14 años. En México, no pocos rectores advierten como, semestre tras semestre, los puntajes de sus aspirantes caen. También, la estadística oficial muestra que 3 de cada 10 jóvenes dejan la universidad durante el primer año.  

La tendencia no resulta ajena a quienes damos clase. Cada vez es más difícil sostener lecturas largas, desarrollar un argumento complejo o escribir con profundidad. Poco a poco, los docentes ceden: reducen lecturas, simplifican tareas y ajustan las expectativas. Sería un error responder a esta realidad bajando el “rigor” académico; el reto es redefinirlo. Es recuperar la misión universitaria: no como la perfección técnica de unos pocos estudiantes, sino del humanismo, la ciudadanía y el carácter de todas y todos. Cuando una universidad vive de seleccionar solo a quienes ya fueron formados en la élite deja de transformar a la sociedad y solo administra privilegios. Clasifica talento, pero fracasa si deja de desarrollarlo.Un gran docente no es quien brilla frente a sus alumnos brillantes, sino quien consigue que incluso quienes llegaron con mayores rezagos desarrollen pensamiento crítico, disciplina intelectual y capacidad para aprender. Lo mismo debe exigirse de una gran universidad.

La universidad no está para administrar el mérito heredado, sino para multiplicarlo. El prestigio de una institución no debería medirse por los estudiantes que excluye, sino por los que transforma. Y esa es la genuina excelencia: convertir en mejores a quienes decidieron confiarle su futuro.


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