Geoffrey Hinton, pionero de la inteligencia artificial, suele decir que el progreso en la IA es como navegar en la niebla: se ve el siguiente paso, pero no el horizonte. Algo parecido ocurre hoy con la educación superior. La ruta es muy incierta.
La pregunta es inevitable: ¿qué debe enseñar la universidad cuando, según el Foro Económico Mundial, las habilidades técnicas se vuelven obsoletas en cinco años y las generales en diez? ¿Qué carreras ofrecer cuando las profesiones mismas se están reconfigurando con la IA?
Recordemos el origen. La universidad no nació para producir competencias inmediatas, ni para abastecer nichos laborales estables. El *trívium* -gramática, lógica y retórica- y las artes liberales no buscaban la “empleabilidad”. Buscaban juicio, razonamiento y orientación intelectual. Eran gimnasios del pensamiento; laboratorios de ciudadanía.
Con la Revolución Industrial, la universidad cambió. Se volvió una fábrica de conocimiento técnico estandarizado, como lo exigía la época. La economía ya dejó atrás ese paradigma. La universidad, no del todo.
John Henry Newman lo entendió en *The Idea of a University*, cuando escribió que la finalidad de la universidad es formar una visión amplia del conocimiento. Aprender a “ser” y a “pensar”, antes que aprender a “hacer”.
La universidad, una de las grandes innovaciones de la humanidad, no está en crisis. Lo que está en crisis es la idea de que su misión sea producir estudiantes híper-especializados para funciones perfectamente delimitadas. Está en crisis la universidad del último siglo: la que levantó muros entre disciplinas, aisló saberes y la que forma expertos para certezas que ya no existen.
Volver al trívium no es nostalgia. Es estrategia. Significa aprender primero a pensar y a comunicar, y sobre esa base estudiar cualquier disciplina. Quien domina el trívium puede aprender durante toda la vida. Hoy puede releerse así: comprensión profunda y lectura crítica; pensamiento analítico, lógico y ético; ciudadanía y diálogo público.
En la era de la IA, el trívium vuelve a ser central. Las máquinas ejecutan tareas. Las personas deben entender, juzgar y dar sentido. La universidad no está en crisis por la incertidumbre. Entra en crisis cuando olvida que fue creada, precisamente, para navegarla.