Comenzó y terminó en un cochinero

El asalto a la razón

Carlos Marín

Carlos Marín
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En la sesión decisiva para el remiendo a la Constitución a fin de que las fuerzas armadas amplíen a 2028 su participación en tareas de seguridad pública, los morenistas Félix Salgado Macedonio, Jesús Lucía Trasviña y Adriana Abreu Artiñano encarnaron en el Senado el cochinero en que se gestó la iniciativa presidencial que llegó al Congreso a través de prestanombres del PRI.

Como se recordará, el 2 de septiembre la diputada Yolanda de la Torre presentó como suya y su partido la propuesta en San Lázaro y de inmediato fue apoyada con teatral vehemencia por el dirigente nacional, Alejandro Moreno.

La maniobra nada tenía que ver con la seguridad que demanda la sociedad, sino con vulgares intereses personales: ella para cobrar como recompensa la presidencia del Tribunal Superior de Justicia de Durango (soborno que se le pagó de inmediato) y él para que la Fiscalía General de la República no lo persiga por la denuncia de probable enriquecimiento ilícito (que se castiga hasta con 25 años de prisión), ni la mayoría morenista y moreniana le instruyan juicio de desafuero.

Premiada ya la falsaria y congelada embestida circense-penal campechana contra Alito, el presidente López Obrador dejó claro que la idea era suya, así que Adán Augusto López y Ricardo Monreal operaron la aprobación decisiva.

Aunque contraproducentes para la alianza opositora, pero con explicables razones, nueve priistas y dos de los tres de la bancada perredista obsequiaron al cuatroteísmo los votos para que la iniciativa fuera palomeada por los dos tercios que se requerían.

La suciedad en que floreció la ampliación de plazo para que todos los huevos contra la inseguridad sigan en la canasta de los militares fue refrendada el martes con el comportamiento de los majaderos Salgado, Trasviña y Abreu, uno al ofender los vínculos de sangre de Claudia Ruiz Massieu, quien replicó con categórica decencia; otra al intentar sacudirse los epítetos de “perros y hienas” ávidos de “sobras apestosas” con que Lilly Téllez criticó el lacayismo de los lopezobradoristas, y la tercera husmeando bajo sábanas ajenas.

Trasviña, de quien circula su fotografía en jeans junto a un jeep urgido de lavado y portando una escuadra a la cintura (Glock .45, de uso exclusivo de las fuerzas armadas), les ha llamado “sátrapas, ratas, entrelucidos y lurios. No les tengo miedo, cabrones” a los senadores de la oposición, pero antier se dio por ofendida:

—Yo no soy hiena, respétame —fue a decirle a Téllez cuando ésta peroraba en la tribuna.

—Eres una corrupta —le soltó Lilly.

—No soy corrupta, demuéstralo —exigió la pistolera. 

—Lo eres, encubres al crimen organizado. Están encubriendo al crimen organizado —se sostuvo Téllez.

Al lodero saltó Rocío Adriana Abreu lanzando una insidiosa diatriba sobre supuestas ligerezas personales de Lilly, quien se ganó al respetable con el prodigioso “¡sentado y callado, Napoleón!” que le dedicó al dirigente sindical.

Fiel a su origen, la iniciativa prosperó en un repugnante batidillo.

Carlos Marín

cmarin@milenio.com

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