A punto de llorar, el fugaz quiebre del divisionario Ricardo Trevilla por los militares victimados el domingo retrató la sensibilidad y el espíritu de cuerpo en el Ejército.
El operativo y la secuela de la cacería de El Mencho fueron tan violentos que hubo 89 muertos (46 criminales, 42 uniformados y una mujer civil), 72 detenidos, más de 200 vehículos, y decenas de negocios y sucursales incendiados, bloqueos y suspensión de vuelos y corridas de autobuses en 21 estados.
Fue una batalla en la guerra que reflejó voluntad y decisión de enfrentar al crimen organizado sin asomo de duda.
Inteligencia, seguimiento, coordinación y el objetivo claro suplieron el titubeo discursivo.
Aplaudo la inusual transparencia con que el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum dio cuenta detallada, admitiendo sin tapujos que se contó con información de las agencias estadunidenses, satanizadas por Andrés Manuel López Obrador, que confundía cooperación binacional con colonialismo.
La cacareada “soberanía” no sirve sin eficacia compartida.
El crimen organizado opera sin fronteras y combatirlo, más que labia, es aceptar que Estados Unidos tiene capacidades que México necesita.
Un detalle desnuda la fragilidad de los capos. Como con El Chapo Guzmán cuando fueron rastreados sus mensajes con Sean Penn y Kate del Castillo, El Mencho cayó porque se siguió la pista de un subordinado que le llevó a Tapalpa a una de sus novias (la pasión insana como talón de Aquiles, la lujuria como grieta en el blindaje criminal).
No se trató de una operación bélica, sino de la paciente disección de las debilidades humanas del “objetivo prioritario”.
La guerra de Calderón fue juzgada por el obradorato como el origen de todos los males. Se dijo que enfrentar a los cárteles provocaba masacres y que el combate directo multiplicaba la violencia.
Hoy debe aceptarse que México vive la guerra de Sheinbaum. Con otro tono, con otra narrativa, pero guerra al fin.
Cambiaron las palabras, pero no la lógica: se persigue a un enemigo armado con poder territorial y financiero. Se asume el costo político y el riesgo operativo. Se apuesta a que descabezar estructuras debilita las organizaciones.
Nada de esto implica nostalgia por estrategias fallidas ni desconocimiento de sus efectos colaterales. Simplemente es admitir que no existe una vía indolora para enfrentar a las mafias que disputan al Estado el monopolio de la violencia.
Que el gobierno lo haga con transparencia y no esconda la cooperación gringa es un gran avance. Y que lo haga sin hipocresía ideológica es mejor, porque si con AMLO fue anatema coordinarse con Washington, ahora es motivo de celebración y lo mejor es explicarlo sin rodeos, porque la coherencia también es parte de la seguridad nacional.
El Mencho cayó por inteligencia compartida y una pasión insana.
Cayó porque el Estado decidió cazarlo y cayó bajo un régimen que durante años repudió la palabra “guerra”, pero que hoy no hay más opción que continuar librándola...