M+.- Lo más desconcertante de la innecesaria, imprudente, insolente carta que Andrés Manuel López Obrador dirigió a Donald Trump no fue su contenido, sino la gratitud que le expresó la presidenta Claudia Sheinbaum.
––Innecesaria porque el gobierno mexicano tiene una titular constitucional del Poder Ejecutivo encargada de conducir la política exterior.
––Imprudente porque apareció cuando el secretario de Seguridad de Estados Unidos acababa de reconocer en la Cámara de Representantes la extraordinaria cooperación existente entre ambos gobiernos.
––Insolente porque a Sheinbaum la colocó en la incómoda posición de parecer necesitada de tutela política.
Si algo le sirve a la mandataria en el actual clima de tensiones es fortalecer su propia interlocución, no recibir el apapacho de quien decidió intervenir donde lo que menos hace falta es ensuciar la relación bilateral con su degradada calidad moral.
Peor aún fue el momento escogido por AMLO para difundir la ocurrencia de que Trump está siendo manipulado por integrantes de su propio equipo, a quienes describió como pudo hacerlo del que tuvo durante su destructiva gestión: “paleros, manipuladores, caciquillos, vividores, ladrones, polizontes, tinterillos, especuladores, filibusteros, potentados, trepadores o malvados” (y cuando alude a “inexpertos, resentidos y fanáticos consejeros” le sangra la boca porque sus “mejores colaboradores” fueron los del “10 por ciento de experiencia y 90 por ciento de honradez”.
Sus afirmaciones no sólo carecen de sustento verificable, sino suponen que Trump es marioneta de colaboradores derechosos y malintencionados.
La tesis resulta más desafortunada cuando Estados Unidos ha elevado su presión sobre al menos dos personajes más después de la presunta Banda de los Diez de Rocha Moya: Américo Villarreal y Alfonso Durazo.
En vez de contribuir a despresurizar el conflicto, López Obrador decidió añadir combustible a una situación en extremo delicada.
Pero el problema principal no es Trump ni Washington, sino la imagen que proyecta el gobierno mexicano.
Una Presidenta segura de sí misma le habría agradecido la solidaridad personal y, acto seguido, dejado bien claro que la conducción de la relación bilateral corresponde exclusivamente a su administración.
En cambio, la celebración pública de la carta parece confirmar lo que sus adversarios sostienen: que el incómodo ex continúa dirigiendo asuntos fundamentales del gobierno.
La soberanía no se fortalece cuando el cara dura López Obrador se erige en vocero alterno de México ante la Casa Blanca, tampoco cuando la Presidenta parece complacida con esa intromisión, porque la soberanía se ejerce gobernando.
Si de defender a México se trata, resulta paradójico que quien pretenda hacerlo sea precisamente el personaje que más contribuyó a pudrir la relación con instituciones, contrapesos y aliados democráticos dentro y fuera del país.
La Presidenta no requería de la dichosa carta, sino demostrar exactamente lo contrario: que no la necesitaba…