Desde la creación de Morena, después en su campaña presidencial y a partir de su llegada a la Presidencia, Andrés Manuel López Obrador denominó su proyecto como “humanismo mexicano”. Utilizó más ese nombre que el de “izquierda”.
De igual manera, su sucesora, la presidenta Sheinbaum, ha insistido en el término. Como jefa de Gobierno, por tomar una cita, dijo: “Ese humanismo mexicano tiene principios, tiene causas que nunca se nos deben olvidar, porque no se trata de llegar al poder por llegar al poder, ni que el fin justifique los medios, no. Nosotros luchamos siempre por un México con justicia…”.
En enero de 2025, la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación realizó el “Foro de Humanismo Mexicano” cuyos objetivos, entre otros, eran “comprender la influencia de las transformaciones de México en el progresismo latinoamericano, comparar la experiencia de distintas regiones del mundo, especialmente América Latina, Europa, Estados Unidos y México.
“Analizar las ideologías políticas conservadoras y progresistas, el origen del neoliberalismo, del neofascismo y la conformación de sus bases sociales, sus estructuras discursivas y mediáticas”.
Suena bien.
Pero como tantas cosas con cualquier gobierno, y más con estos gobiernos de la autodenominada cuarta transformación, una cosa son las palabras, los nombres, los adjetivos, y otra la realidad.
Basta leer a Arturo Ángel en la nota principal en nuestro diario ayer.
Entre abril de 2025 y abril de 2026, la población penitenciaria en el país creció en más de 21 mil personas, un ritmo récord. Más de 90 por ciento de las personas privadas de la libertad en ese lapso son personas procesadas en prisión preventiva que no han tenido un juicio.
Es decir, son, según la Constitución, inocentes. (Esta última línea es mi agregado).
El nivel de sobrepoblación nacional supera las 38 mil personas. Al cierre de abril la población penitenciaria nacional en el país alcanzó las 265 mil 874 personas. Se trata de la mayor cantidad que ha tenido México, por lo menos desde que existen estos registros, a finales de la década de los 90.
¿Humanismo?
Tengo que volver a citar a Eliane Brum: “Llorar por los inocentes es fácil. Lo que nos define como individuos y como sociedad es nuestra capacidad de exigir dignidad y legalidad en el tratamiento de los culpables. El compromiso con el proceso civilizatorio es arduo y exige lo mejor de nosotros: respetar la vida de los asesinos. Todo lo que no sea eso es demagogia”.