Hay casi 3 mil kilómetros de distancia entre Ciudad Juárez, Chihuahua y San Gregorio Chamic, Chiapas. Ambas localidades viven hoy crisis por razones que podrían pensarse diferentes que reflejan un mismo fracaso.
La más reciente ola migratoria ha vuelto a sentar en la mesa a los encargados de la mano dura contra los migrantes y, según un reporte de CNN, han decidido hacer más de lo que saben hacer y llevan tiempo haciendo: más mano dura contra quienes deciden atravesar México para llegar a Estados Unidos.
Según la cadena, algunos de los acuerdos son: deportar a migrantes a sus países de origen por tierra y aire; permitir que la CBP (Patrulla Fronteriza) expulse a los migrantes a través del puente internacional de Ciudad Juárez, que conecta con El Paso; realizar gestiones con los gobiernos de Venezuela, Brasil, Nicaragua, Colombia y Cuba para la recepción de sus ciudadanos deportados; realización de intervenciones en ferrocarriles y carreteras, y establecer puntos de control a lo largo de la ruta ferroviaria de Ferromex.
Es decir, ningún abrazo, listos para los balazos. La crisis, con nuevas caras, continuará.
En la frontera sur llevamos meses en que cada día la situación empeora. El video que se viralizó el fin de semana de un grupo criminal entrando a San Gregorio Chamic como si fuera suyo —tal vez lo es— muestra la ausencia de Estado en aquella entidad y un ejemplo de la táctica de los criminales. Si me paseo frente a ustedes con esas armas, ¿quién se niega a pagarme lo que les pido, a hacer lo que yo diga?
El crimen organizado ha encontrado hace tiempo en el tráfico de personas un buen negocio y en estos tiempos, ya instalados, han hecho lo que saben hacer: apropiarse del territorio. Así lo describió la Diócesis de San Cristóbal: “estamos sufriendo los asesinatos, secuestros, desapariciones, amenazas, hostigamiento, extracción de nuestros bienes naturales, persecución y despojos de los bienes, fruto de nuestro trabajo. Los grupos delincuenciales se han apoderado de nuestro territorio y nos encontramos en estado de sitio, bajo psicosis social con narcobloqueos, que usan como barrera humana a la sociedad civil, obligándolos a estar y poner en riesgo su vida y la de su familia”.
Casi 3 mil kilómetros de distancia.
Dos caras del fracaso.