Hace algunos años, un político priista de esos que sabían los beneficios y costos de cada elección de candidatos para gubernaturas contó que la regla era clara —advierto al lector que la frase no es muy elegante—: “El que las gana, las da”.
Estaba y está claro que hay un costo por ser corcholata, que hay que ceder frente a rivales y adversarios del mismo partido o, como le dicen ahora, “movimiento”.
Veremos ahora cómo manejan esa regla las tres corcholatas nombradas por Morena. Su primera prueba de operación política tendrá que ver con cómo acomodan y se acomodan con sus rivales internos para no hacer perder fuerza electoral a sus propias candidaturas y al mismo tiempo mantener el poder si es que llegan las gubernaturas.
No está sencillo para la designada en Zacatecas, nombramiento visto como una concesión más de Palacio Nacional al monrealismo.
Julieta Ramírez no la tiene fácil en Baja California. Frente a ella tiene al exgobernador, lopezobradorista de cepa, Jaime Bonilla.
La historia, mejor dicho: la guerra entre Bonilla y la gobernadora Marina del Pilar es conocida. La gobernadora ha sido la mentora de la próxima candidata. Pero la historia reciente entre Bonilla y Ramírez es, por decirlo de alguna manera, rara.
En junio, Bonilla se fue contra ella. Después de las inscripciones para la nominación, el exgobernador dijo: "Si nos ganan a la buena en las encuestas lo aceptaremos, siempre y cuando no sea la senadora". Y agregó que en caso de que Ramírez resultara la candidata, el PT, partido al que lidera en el estado, optaría por no continuar en alianza con Morena en el proceso electoral.
En julio se reunió con Dante Delgado insinuando una alianza.
De repente, a principios de agosto, Bonilla recibió a Julieta Ramírez en sus oficinas, se tomaron foto juntitos y dijo que "siempre serán bienvenidos los espacios de cordialidad y respeto".
Bonilla no ha dicho nada sobre la designación, pero ha posteado sobre el trabajo del PT en las alcaldías, donde está su fuerza. Algo de eso tendrá que entregar Julieta, si quiere una campaña y seis años medianamente tranquilos.