A la mejor manera de que quien bien te quiere te hará llorar, la relación entre México y Estados Unidos vive momentos, sí, de tensión, sí, complicados, pero sobre todo extrañísimos.
Tal vez porque como en tantos gobiernos, los grupos políticos que los integran andan embroncados unos con otros, tal vez porque así la relación funciona mejor, o tal vez porque en ninguno de los dos gobiernos se tiene claro cómo actuar y no hay liderazgo que mande, que imponga. Vaya usted a saber.
Pero si usted duda de lo extraña que está esta relación, basta ver lo sucedido ayer en Argentina donde el director de la DEA, Terry Cole, dijo que consideraba al secretario de Seguridad Pública federal y jefe de gabinete, Omar García Harfuch, un “amigo de confianza” y luego repasó su historia: “El secretario Harfuch ha dedicado casi dos décadas de servicio público a proteger a las personas en México. Sirvió en la Policía Federal mexicana, en la Agencia de Investigación Criminal, dirigió la seguridad en la Ciudad de México y ahora se desempeña como secretario de Seguridad y Protección Ciudadana”.
García Harfuch devolvió el elogio y destacó que a partir de la llegada de Cole a la agencia antidrogas la información fluye mejor e incluso se brincan protocolos en aras de la urgencia, lo que ha resultado en mayor eficacia a la hora de perseguir criminales que afectan a ambas naciones.
Todo bien.
Bueno, tal vez no también. Hace no mucho desde Palacio Nacional se acusó a la gobernadora de Chihuahua de algo así como traición a la patria porque dos agentes de la DEA, sí, esa misma agencia que dirige Cole, murieron en un accidente después de una operación antidroga.
O cuando frente al congreso de su país después de la acusación criminal contra Rocha Moya, Cole dijo que era el “principio” y que “no cabe duda de que los narcotraficantes y altos funcionarios del gobierno mexicano han estado involucrados durante años, pero ahora de repente le estamos prestando atención”.
Podría seguirme con ejemplos —algunas visas canceladas, por ejemplo—, pero no hay espacio.
Ya veremos cuánto duran los elogios y abrazos cuando vengan más acusaciones y México las ignore, o más intervenciones no autorizadas y México se envuelva en la bandera. Porque es un hecho que las habrá.
Por lo pronto, pues palmadas y patadas.