28 de mayo de 1911: el comienzo del exilio

Ciudad de México /

El 28 de mayo de 1911, a la semana de firmar los Tratados de Ciudad Juárez, el general Porfirio Díaz despertó en el puerto de Veracruz. Acababa de llegar la víspera. Al descender de su vagón, notó la prensa, tenía la cara cubierta por una bufanda. “Se le notaba decaimiento de espíritu y poca marcialidad al andar”, observó un reportero, que añadió que, exhausto, “se metió en la cama inmediatamente que llegó, en virtud de que se encuentra seriamente enfermo”.

Díaz estuvo hospedado en una casa de las Obras del Puerto, facilitada por John B. Body, responsable de los contratos de Lord Cowdray en México. Quería estar protegido: temía que sus compatriotas lo recibieran mal en Veracruz, aunque negó por medio de su hijo que buscara el amparo de la bandera del Reino Unido. El 29 de mayo, por la tarde, acompañó a su esposa a las oficinas de un notario en Veracruz. Al día siguiente, 30 de mayo, mandó él mismo una nota al secretario de Guerra, en la que le solicitaba “licencia absoluta” para viajar a Europa. Recibió también la visita de Rodolfo Reyes, quien regresaba de La Habana. Rodolfo lo vio el 31 de mayo. “Me recibió el anciano, vendada la cara, abatido”, dijo. “Parecía un gigante roto”.

La Opinión de Veracruz publicó una entrevista con Teodoro Dehesa, el gobernador de Veracruz. “¿A quién atribuye usted la culpa de los eventos revolucionarios?”, le preguntó un reportero. “El culpable de ellos es el señor Limantour, dijo don Teodoro sin vacilación”. Los revolucionarios, sostuvo, no habían triunfado; sin embargo, añadió, su jefe preparaba su entrada en triunfo a la capital. Es lo que pensaban todos, incluso los propios amigos de Limantour, entre ellos los Macedo. “Como el señor Limantour fue el único director de la política del Gobierno desde que llegó hasta la caída, yo no puedo vacilar en creerlo el único responsable”, escribió Miguel a su hermano Pablo. “Por supuesto, que al hablar de responsabilidad del señor Limantour, me refiero sólo a la directa e inmediata, pues en el fondo está la del general Díaz de haber querido ser el único y haber minado a todos sus amigos y colaboradores, por lo cual en el momento solemne se encontró solo. Además, la opresión no conduce jamás a la formación de ciudadanos ni de un orden social estable”.

Hubo una ceremonia de despedida al mediodía del 31 de mayo, frente a las Obras del Puerto. Porfirio, conmovido, abrazó a los jefes y oficiales de la escolta, formados ahí, terciadas las armas. John B. Body lo vio al momento de partir. “El general Maass insistió en que no debía salir de la ciudad en la forma en que había salido de la capital de México, y que debía marchar, públicamente, por las principales calles de Veracruz, cosa que hizo, y fue recibido con mucho entusiasmo, especialmente cuando apareció en la esquina del malecón de la Aduana para caminar hacia el muelle de Sanidad, donde estaba atracado el vapor”, le relató a Cowdray. Los muelles, esa tarde, estaban abarrotados de gente. El silencio de la multitud era solemne. “Ni una sola palabra, ni un solo grito”, evoca un testimonio. El general pronunció unas palabras de despedida, registradas por El Imparcial. “Al abandonar este rincón querido del suelo mexicano, llevo la inmensa satisfacción de haber recibido hospitalidad de este noble pueblo”, dijo. “Guardo este recuerdo en lo más íntimo de mi corazón, y no se apartará de él mientras yo viva”.


  • Carlos Tello Díaz
  • Narrador, ensayista y cronista. Estudió Filosofía y Letras en el Balliol College de la Universidad de Oxford, y Relaciones Internacionales en el Trinity College de la Universidad de Cambridge. Ha sido investigador y profesor en las universidades de Cambridge (1998), Harvard (2000) y La Sorbona. Obtuvo el Egerton Prize 1979 y la Medalla Alonso de León al Mérito Histórico. Premio Mazatlán de Literatura 2016 por Porfirio Díaz, su vida y su tiempo / Escribe todos los miércoles jueves su columna Carta de viaje
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