Pocas ciudades en México odiaban tanto a los liberales como Puebla, baluarte de los conservadores durante la guerra de Reforma. Su población era de origen español, en una proporción mayor a la de otras ciudades del país. La Iglesia tenía una presencia contundente ahí, más grande que en otros lados, manifestada en sus innumerables templos. Había simpatía, así, por la Intervención y el Imperio. Monseñor Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, hasta hacía poco obispo de la diócesis, sería incluso, más tarde, regente del Imperio. Unos días antes de la batalla del 5 de mayo, el general Ignacio Zaragoza, forzado por las circunstancias, buscó refugio en Puebla. Los soldados de la República, ahí, fueron encerrados en cuarteles, para que no desertaran. Muchos habían sido arrebatados de sus pueblos, donde había frialdad y apatía, se quejó Zaragoza con Juárez. La víspera del 5 de mayo, de hecho, hubo reclutamientos forzosos entre hombres de 16 a 60 años en la ciudad. Por todo eso, los poblanos deseaban el éxito del ejército de Francia.
El descalabro de los franceses fue vivido como un trauma por la ciudad, uno que ni siquiera trató de disimular. “Qué bueno sería quemar a Puebla”, exclamó con furia el general Ignacio Zaragoza, en un telegrama al Ministerio de la Guerra. “Está de luto por el acontecimiento del día 5. Esto es triste decirlo, pero es una realidad lamentable”. El general Porfirio Díaz, presente también en la batalla, tenía la misma opinión, expresada con la misma fuerza, como lo habría de recordar años después su amigo Eulogio Gillow, él mismo originario de Puebla. “Dijo que hubo una época en la que hubiera hasta arrasado con sus propias manos la ciudad”. El comentario de Díaz fue hecho en 1877, en un brindis, durante una exposición en Puebla a la que estaba invitado el padre Gillow. Todos simpatizaban con los franceses en 1862, en la Puebla de los Angeles. Es una ironía que la ciudad, por decreto de Juárez, fuera llamada, más adelante, Puebla de Zaragoza.
Meses después de la victoria del 5 de mayo, en la primavera de 1863, la ciudad de Puebla fue sitiada por el Cuerpo Expedicionario de Francia. El sitio es hoy motivo de orgullo entre los mexicanos. Fue en realidad, dice el historiador Héctor Strobel, en su gran libro Resistir es vencer, “uno de los episodios más destructivos, mortíferos y traumáticos de la historia de México”. El ejército Francés impidió que las familias salieran de la ciudad para salvar la vida, con el propósito de ejercer presión sobre el Ejército Republicano. A su vez, el general Jesús González Ortega, jefe del Ejército Republicano, privilegió la resistencia de sus soldados sobre el sufrimiento del pueblo, al que le negó alimento. El resentimiento contra la población, por su simpatía hacia los conservadores y los monarquistas, debió ser parte de la explicación. Muchos hombres, mujeres y niños murieron de hambre entre abril y mayo de 1863. “El horror y el trauma por el desastre fue tan profundo que permeó por años en la memoria colectiva de los poblanos”, dice Strobel. Hoy todavía podemos ver las fotografías que dan cuenta de la destrucción que vivió, esos meses aciagos, la ciudad de Puebla.