Benito Juárez: luces y sombras

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Benito Juárez estuvo a lo largo de su vida rodeado por hombres que tenían una inteligencia superior a la suya. Juárez estuvo subordinado, intelectualmente, a Marcos Pérez en Oaxaca, a Melchor Ocampo en Veracruz, a Manuel María de Zamacona en México, a Sebastián Lerdo de Tejada y a José María Iglesias en San Luis Potosí, Monterrey y Chihuahua. La gente a su alrededor observaba la acción que ejercía su personalidad, impasible y severa, sobre los dignatarios que lo rodeaban. Todos ellos, más inteligentes, aceptaban sin chistar el liderazgo de Juárez. ¿Por qué? Por la fuerza de su carácter. Juárez dominaba, con su temperamento, con su voluntad de hierro, a colaboradores que eran intelectualmente superiores a él: más cultos, más refinados, más profundos.

Quiero ilustrar lo que acabo de decir con los testimonios de tres personas que lo conocieron bien: su ministro José María Iglesias, su compañero Ignacio Manuel Altamirano y su biógrafo Justo Sierra:

Dijo así José María Iglesias, su ministro de Hacienda, su compañero en los confines de Paso del Norte, el hombre que pronunció la oración fúnebre frente a su cadáver: "Aunque don Benito Juárez tenía notoria capacidad y no carecía de instrucción, ni su erudición ni su inteligencia eran de primer orden. Su gran mérito, mérito verdaderamente excepcional, estribaba en las excelsas prendas de su carácter. La firmeza de sus principios era inquebrantable; por sostenerlos estaba siempre pronto a todo linaje de esfuerzos y de sacrificios. La adversidad era impotente para domeñarle; la próspera fortuna no le hacía olvidar sus propósitos. Tan extraordinario era su valor pasivo, que para los observadores superficiales se confundía con la impasibilidad".

Dijo así Ignacio Manuel Altamirano, indio como él, que lo admiró y lo veneró, pero que nunca simpatizó con él: "De talento mediano y con una instrucción escasa e imperfecta, él suplía estos defectos con una percepción recta y con un juicio reflexivo y sólido. A estas cualidades añadía la principal, que era una voluntad de granito".

Dijo así, por último, Justo Sierra, su biógrafo más lúcido, que lo conoció de joven en la Ciudad de México: "La leyenda de su pasividad casi inconsciente (...) no hay que confundirla con uno de los caracteres de su fisonomía psicológica, la desconfianza en su inteligencia. Se creía inferior a muchos de los hombres que entraron con él en contacto, desde el punto de vista intelectual, al grado de preferir, no sólo, sino de sentir una tendencia constante a preferir la opinión ajena a la propia. Juárez sólo tenía confianza en su voluntad; era lo que necesitaba su partido, fue lo que necesitó su patria". Y dijo así de nuevo, respecto al presidente: "En el último periodo de su vida, cuando ya los tremendos reveses políticos que habían repujado y endurecido su carácter le hacían menos accesible a influencias absolutas, el talento extraordinariamente perspicaz del señor Lerdo de Tejada (don Sebastián) ejerció indudablemente un ascendiente vigoroso, y en ciertos momentos decisivos, sobre las determinaciones de Juárez".

*Investigador de la UNAM (Cialc)
ctello@milenio.com

  • Carlos Tello Díaz
  • Narrador, ensayista y cronista. Estudió Filosofía y Letras en el Balliol College de la Universidad de Oxford, y Relaciones Internacionales en el Trinity College de la Universidad de Cambridge. Ha sido investigador y profesor en las universidades de Cambridge (1998), Harvard (2000) y La Sorbona. Obtuvo el Egerton Prize 1979 y la Medalla Alonso de León al Mérito Histórico. Premio Mazatlán de Literatura 2016 por Porfirio Díaz, su vida y su tiempo / Escribe todos los miércoles jueves su columna Carta de viaje
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