Cuba vive una tragedia. No hay luz, no hay comida, a veces no hay agua. Ha ocurrido en la isla un colapso demográfico. Hasta 2020, la población era cercana a los 12 millones de habitantes. Hoy tiene 9.5 millones, según la Oficina Nacional de Estadística e Información; o 8.5 millones, quizás 8 millones, según la Universidad de La Habana. La natalidad es baja y el número de defunciones es alto, pues la población es vieja, y la migración ha sido masiva en los años más recientes. En 2024, alrededor de 250 mil personas (cifras oficiales) o alrededor de 550 mil personas (cifras independientes) abandonaron Cuba. Un promedio de más de mil cubanos al día. Yo estuve ese año en La Habana: el aeropuerto estaba lleno de jóvenes que volaban a Managua, para emprender desde ahí el periplo hacia el norte. Supe que incluso la élite enviaba ya a sus hijos fuera, a España. Todo esto ocurre en un país que hace sesenta años fascinó al mundo con la Revolución.
La Revolución en Cuba tuvo un carácter violentamente internacionalista desde sus inicios, en contraste con los procesos revolucionarios más introvertidos que triunfaron en México (1917) y Bolivia (1952). Fidel Castro anunció su deseo de convertir la cordillera de los Andes en la Sierra Maestra de América. Frente al sufragio de mentiras que ofrecía la sociedad demoburguesa, proponía un camino distinto por la vía de las armas para construir un mundo más justo. La Revolución Cubana había contribuido a modificar las relaciones entre Estados Unidos y los países de Latinoamérica, a transformar las alianzas tradicionales de los partidos latinoamericanos, a formular una alternativa ideológica para los movimientos de la izquierda. Y había propuesto algo más con su propio ejemplo: una nueva estrategia revolucionaria, la guerra de guerrillas. “No siempre hay que esperar a que se den todas las condiciones para la revolución”, escribió el Che Guevara, “el foco insurreccional puede crearlas”. Según él, las condiciones objetivas para la revolución —injusticia, miseria, represión— estaban ya dadas en nuestros países, pero solo una guerrilla en contacto estrecho con la población podía desarrollar las condiciones subjetivas para ella —“la conciencia de la necesidad y la certeza de la posibilidad”.
La Revolución tuvo en América Latina dos lazos muy poderosos: uno era el aparato clandestino que apoyaba a los movimientos insurgentes, encabezado por el comandante Manuel Piñeiro desde el PCC, y otro era el aparato cultural que organizaba visitas, premios y festivales, y que dirigía Haydée Santamaría desde Casa de las Américas. Ambos se complementaban: los intelectuales articulaban la justificación moral y política de la rebelión, que contaba con el apoyo de Cuba. A los intelectuales jamás les interesó el éxito de países como Costa Rica y Uruguay. Estaban encandilados con la violencia redentora, la promesa de un mundo nuevo, el sueño del cambio radical, aunque el fracaso económico, la represión cultural y la adopción del modelo soviético puso fin a muchas de sus ilusiones.
El reto, hoy, es evitar un colapso total en la isla, una catástrofe humanitaria que nos afectará también. México debe contribuir a una transición en orden en Cuba.