El amor y la amistad

Ciudad de México /

Retomo estas palabras que publiqué aquí hace varios años, a propósito del Día del Amor y la Amistad, porque me intrigaron ahora que las releí. Las retomo con algunos cambios.

En 496, el papa Gelasio estableció que el 14 de febrero sería celebrado el Día de San Valentín. Buscaba absorber una práctica de los paganos, el festival llamado Lupercalia, que tenía lugar un mes antes del inicio de la primavera (ante diem XV Kalendas Martias). Los jóvenes participaban en ese ritual con gritos y bailes obscenos, a menudo desnudos, en las calles de la antigua Roma. Celebraban la fecundidad. Era el periodo del inicio de la siembra, había que pedir la bendición de los dioses para que fuera un año fértil. La Iglesia desaprobó ese ritual, pero no lo prohibió por completo, lo alineó al cristianismo por medio de la figura de San Valentín.

El 14 de febrero es, desde entonces, el Día de San Valentín, un sacerdote que vivió en el siglo III en Roma. En aquellos tiempos, cuenta la leyenda, los soldados de las legiones tenían prohibido contraer matrimonio por orden del emperador, que comprendió que un hombre sin lazos de familia era más útil en la guerra, pues tendría menos miedo en arriesgar la vida. San Valentín de Roma, contra esa ley, celebraba bodas entre los soldados. Es decir, privilegiaba el amor. El martirologio dice que Valentín fue martirizado en Roma, en Vila Flaminia, junto al puente Milvio, sobre el río Tíber, el 14 de febrero del año de gracia de 270.

El recuerdo de ese santo empezó a ser asociado con la idea del amor y la amistad. Las dos son pasiones raras, muy raras. Son también controvertidas. Hay quien las ve como sentimientos complementarios y quien las ve, más bien, como sentimientos opuestos. El amor es a menudo resultado de un flechazo; la amistad es el fruto de una relación más prolongada. El amor puede no ser correspondido; la amistad es siempre recíproca. El amor quema como el fuego; la amistad da calor, sin quemar. El amor es subversivo; la amistad, en cambio, es solidaria con la sociedad. El amor puede ser involuntario, como a menudo lo es en la tradición literaria de Occidente: Tristán no quería enamorarse de Isolda, la prometida de su señor, el rey Marke, y Romeo no quería enamorarse de Julieta, la hija de los enemigos de su familia, los Capuletos. La amistad, en cambio, es siempre voluntaria: es algo que deseamos.

El amor es irresistible. “No hay disfraz que pueda largo tiempo ocultar el amor donde lo hay, ni fingirlo donde no lo hay”, decía el moralista François de La Rochefoucauld. La amistad, en cambio, es apacible. “Es un calor parejo y universal, templado y a la medida… un calor constante y tranquilo”, escribió Michel de Montaigne, el amigo del alma de Etienne de La Boétie. Pero el amor también puede ser objeto de burla. “Es como una ópera: uno se aburre, pero siempre regresa”, comentó Gustave Flaubert. Y la amistad, en cambio, puede ser idealizada. “Es la cosa más necesaria de la vida”, afirmó con razón Aristóteles. William Shakespeare puso los dos sentimientos en la balanza, para decir así: “La amistad es constante en todas las cosas, salvo en los negocios del amor”.


  • Carlos Tello Díaz
  • Narrador, ensayista y cronista. Estudió Filosofía y Letras en el Balliol College de la Universidad de Oxford, y Relaciones Internacionales en el Trinity College de la Universidad de Cambridge. Ha sido investigador y profesor en las universidades de Cambridge (1998), Harvard (2000) y La Sorbona. Obtuvo el Egerton Prize 1979 y la Medalla Alonso de León al Mérito Histórico. Premio Mazatlán de Literatura 2016 por Porfirio Díaz, su vida y su tiempo / Escribe todos los miércoles jueves su columna Carta de viaje
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