A finales del siglo XIX sucedió un incidente que involucró a Estados Unidos, a Venezuela y a México, que no está por demás recordar, porque ilustra la posición de nuestro país frente a la transformación de la Doctrina Monroe.
El conflicto entre Venezuela e Inglaterra databa desde principios del siglo XIX, cuando Londres defendió los derechos de sus colonos asentados al oeste del río Esequibo, territorio considerado hasta entonces como propio por Caracas. Venezuela invocó la Doctrina Monroe, articulada en 1823 por el presidente James Monroe como estrategia defensiva ante el intento de las potencias del Viejo Continente de imponer príncipes europeos en las ex colonias de Latinoamérica. La doctrina consideraba hostil a Estados Unidos toda intrusión de los poderes de Europa en el continente. Washington la invocó en el conflicto de Venezuela e Inglaterra. Algunos temieron una guerra. México fue presionado para dar a conocer su postura. No deseaba enfrentar a Estados Unidos, ni a Venezuela desde luego, pero tampoco quería herir a Inglaterra. “En lo personal, me resistí a hacer toda manifestación por la prensa respecto de un asunto que afectaba los intereses o los sentimientos más delicados de tres naciones igualmente acreedoras a nuestro respeto, limitándome a decir que era naturalmente partidario de los principios de Monroe bien entendidos, pero que ignoraba si serían aplicables al caso concreto de que se trataba”, dijo Porfirio Díaz.
En el contexto de las negociaciones entre Venezuela e Inglaterra, el presidente Díaz tuvo un intercambio de cartas con el senador Alfonso Lancaster Jones, a propósito de la Doctrina Monroe. Le dijo que todos los países del continente, no solo Estados Unidos, debían asumir la defensa de su soberanía frente a una posible agresión del Viejo Continente. “Solo bajo la forma supradicha podríamos los latinoamericanos aceptar lo que nuestra oficiosa protectora nos ofrece tan generosamente”, comentó en su correspondencia. Y así lo repitió en su informe de gobierno de abril de 1896: cada nación latinoamericana, “por medio de una declaración semejante a la del presidente Monroe, debería proclamar que todo ataque de cualquier potencia extraña, dirigido a menoscabar el territorio o la independencia o cambiar las instituciones de una de las repúblicas americanas, sería considerado por la nación declarante como ofensa propia”. Solo así, la Doctrina Monroe podía ser una doctrina de todo el continente.
La iniciativa no prosperó. Al contrario, la Doctrina Monroe, defensiva en su origen, empezó a ser usada para justificar la expansión de la hegemonía americana en América Latina, interviniendo en los países latinoamericanos para estabilizarlos y proteger los intereses norteamericanos en la región. La propuesta de Díaz revelaba ya malestar en México frente al expansionismo de Estados Unidos, primero en Cuba, luego en Venezuela, después en Panamá y Haití. Los liberales habían sido siempre favorables a la Unión Americana, a pesar de la invasión y el desmembramiento que sufrió México. Todo eso comenzó a cambiar en ese momento, sobre todo tras perder su independencia Cuba, en 1898. A partir de entonces convergieron con sus adversarios, los conservadores, en su aversión por los Yankees.